Los ahorros de Mario Jiménez destinados a una incursión a la ciudad
luz fueron consumidos por la succionadora lengua de Pablo Neftalí,
quien no satisfecho con agotar los senos de Beatriz, se entretenía en consumir robustas mamaderas de leche con cacao que, aunque obtenidas
con rebaja en el Servicio Médico Nacional, desangraban cualquier presupuesto. Un año después de nacido, Pablo Neftalí no sólo se mostraba
diestro en espantar gaviotas, cual había profetizado su poetísimo padrino, sino que lucía además una curiosa erudición en accidentes. Trepaba
hacia los arrecifes con el tranco muelle y espeso de los gatos, a quienes
sólo imitaba hasta ese punto, para luego descalabrarse en el océano punzándose las nalgas contra los bancos de erizos, dejándose picotear los
dedos por cangrejos, raspillándose la nariz sobre las estrellas de mar,
tragando tanta agua salada que en el lapso de tres meses tres veces se
le dio por difunto. Pese a que Mario Jiménez era partidario de un socialismo utópico, hastiado de tirar sus problemáticos futuros francos en la
faltriquera del médico pediatra, confeccionó una jaula de madera en la
cual arrojaba a su amado hijo con la convicción de que sólo así podría
dormir una siesta que no culminara en funeral.
Cuando al pequeño Jiménez le debutaron los dientes, consta en los
barrotes de la jaula que intentó aserrucharlos con sus lechosos caninos.
Las encías coronadas de astillas introdujeron a otro personaje en la
hostería y en el exangüe presupuesto de Mario: el dentista.
Así que, cuando Televisión Nacional anunció al mediodía que aquella
noche mostrarían las imágenes de Pablo Neruda en Estocolmo, agradeciendo el Premio Nobel de Literatura, tuvo que agenciarse préstamos
para poner en marcha la fiesta más sonora y regada que habría de recordar la región.
El telegrafista trajo desde San Antonio un cabrito destazado por un
carnicero socialista a precio potable: «mercado gris» precisó. Mas también sus oficios aportaron la presencia de Domingo Guzmán, un robusto obrero portuario que, por las noches, se consolaba del lumbago aporreando una batería Yamaha -otra vez los japoneses- en La Rueda, ante
el deleite de esas caderas trasnochadas que se ponían sensuales y feroces al bailar bajo su compás el mejor repertorio de cumbias falsas que,
con todo respeto, había introducido Luisín Landáez en Chile.
En el asiento delantero del Ford 40 venían el telegrafista y Domingo
Guzmán, y, en el posterior, la Yamaha y el cabrito. Llegaron temprano,
escarapelados con cintas socialistas y banderitas chilenas de plástico, y
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