La fundación intelectual de Arguedas es suficientemente extensa y comprende, además de obras
de ficción, trabajos, ensayos y artículos sobre el idioma quechua, la mitología prehispánica, el folclore
y la educación popular, entre otros aspectos de la cultura peruana. “La circunstancia especial de
haberse educado dentro de dos tradiciones culturales, la occidental y la indígena, unido a una delicada
sensibilidad, le permitieron comprender y describir como ningún otro intelectual peruano la compleja
realidad del indio nativo, con la que se identificó de una manera desgarradora” (“José María
Arguedas”). Arguedas no tuvo una vida fácil que digamos porque en su propia familia se sintió
maltratado. El padre de Arguedas se había casado con una mujer que ya tenía un hijo, pero tristemente
el padre no pudo pasar demasiado tiempo en familia por su trabajo de abogado itinerante. Al irse a
trabajar, Arguedas quedaba en manos de la madrastra y su hermanoastro que le daban labores de
sirviente, humillándolo y sometiéndolo a la servidumbre en su propia casa. En el año 1921, Arguedas
con su hermano Arístides, escapó de los maltratos de su madrastra y hermanastro. Ellos se refugiaron
en la hacienda Viseca, donde vivieron dos años en contacto con los indios, hablando su idioma y
aprendiendo sus costumbres, hasta que en 1923 los recogió su padre, quien los llevo en peregrinaje por
diversos pueblos y ciudades de la sierra (“José María Arguedas”).
Por vivir en contacto con los indios y apreciar lo que él aprendió afectó su vida en tal manera
que él se sentía orgulloso de sus raíces y apreciaba lo vivido de los dos mundos; mas no compartía la
indiferencia y la poca compasión de su cruda realidad. Arguedas vivió un conflicto insondable entre su
amor a la cultura indígena, que deseaba que se mantuviera en un estado puro, y su deseo de redimir al
indio de condiciones económicas y sociales. Su última obra, El Zorro de arriba y el Zorro de abajo,
que Arguedas no pudo terminar, explica por qué el autor se suicidio, ya que sentía la desilusión de la
vida y de la sociedad misma. Como explica el crítico Javier Mariátegui, “La muerte de Arguedas fue
una forma extrema de afirmar su vida, cuando la cantera creativa parecía agotada. Para seguir viviendo
en la conciencia y en el imaginario nacional y para ser leal y consecuente con su propio destino vital,
José María, como Cesar Vallejo, solo podía repetir: ‘…no poseo para expresar mi vida sino mi muerte’
(Javier Mariátegui).”
Vallejo, como Arguedas, tuvo una vida llena de desilusiones causadas por la falta de ayuda que
la sociedad le brindaba a la gente indígena rechazada por el sistema capitalista. Vallejo venia de padres
que eran mestizos (conocidos como cholos) pero al igual que Arguedas, su manera de expresarse y ver