repitiera la misma operación. Minutos antes de la toma, Martín, Fiorella, German, Mariano y Nacho se
ubicaron como Josefina les ordenó. La fotógrafa buscó la espalda de German y se instaló detrás de ella,
de manera que entre uno de los hombros del literato y del pintor, sobresalían sus enormes ojos verdes,
su cabellera rubia y su rostro de Walkiria. Martín y Fiorella parecían en otra sintonía, sus siluetas y las
inclinaciones de sus cuerpos hablaban más que sus ojos. Mariano, German y Nacho lucían como tres
soberbias sombras en el centro. Martín y Fiorella a la izquierda, en la esquina del papel, en un segundo
plano y en otra órbita. Y todos, al estilo de Robert Cappa, ligeramente fuera de foco, como si se
desintegraran, aunque los bordes de sus figuras estuvieran delineados con precisión por el color negro
que parecía fijar sus espíritus en el tiempo o en el papel fotográfico que ella revelaría en su cuarto
oscuro días después.
Mariano se marchó en su automóvil con Nacho Oveja. Martín en su escarabajo rojo con Fiorella. Y
Josefina le dio un aventón a German Pomares. El mesero recogió las botellas vacías y limpió los
vestigios de los artistas. Entregó la plata a su jefe que se encontraba apunto de cerrar el bar. Ambos
caminaron en la oscuridad hasta la avenida universitaria dejando atrás el solitario y silencioso
Panalushky. Se montaron en un taxi. La noche lucía cansada y estaba punto de cerrar su único ojo.
V
Es probable, en un pueblo tan pequeño como Managua, que todos se volvieran a encontrar. Aunque sea
de paso y para intercambiar pocas palabras.
Aquella tarde de octubre cada uno recibió un sobre amarillo con la fotografía, titulada por su autora: Tal
vez 1600 asas de emociones, y una nota que decía: “Hay momentos que nunca deben olvidarse”. Pero
en uno de los sobres iba algo más. La foto de la mujer en el Támesis con una dedicatoria en la parte de
atrás: “Martín, una mirada perdida con cariño para vos. Josefina.”