sacar un paquete de sustancias sicotrópicas y alucinógenas. En esta ocasión se trataba de un porro de hierba
lleno de cogollos y bañado de polvo de ángel, una combinación perfecta para la noche. Las mujeres, quien
sabe por qué, se mostraron ligeramente en desacuerdo con la idea, pero Pomares soliviantó la mesa
aduciendo que sería una experiencia fenomenal, “¡Inolvidable!, digna de un grupo de celebridades como
nosotros, recuerden a Huxley, a Morrison, al mismo Carlos Rigby, no sean ignorantes”. A Martín le daba
igual. Nacho Oveja pensó en despotricar contra la propuesta indecorosa de Mariano, pero al escuchar el
comentario de Pomares se acobardó y aprobó la moción interpuesta por el literato. De manera que la
“hierbabuena” pasó de boca en boca y como German no se dio por abasto ordenó a Mariano que preparara
dos más y los distribuyera de manera justa. Mariano muy solícito preparó no dos, sino cuatro y además
ordenó dos botellas más de whisky para prevenir la sed que les provocaría tanta fumadera.
La atmósfera empezó a sentirse sino jamaiquina más ligera, la música electrizante, el viento suave con
sensualidad flotante y aromática. Los enrolados de hierba iban y venían, las bocas aspiraban y exhalaban
como si se tratase de un cigarrillo cualquiera. Las botellas de los hermanos Watson cada vez lucían más
transparentes. La música de Billie Holiday continuaba en el toca discos. Fiorella le sonreía a Martín y ya
sin miedo le contaba de la genialidad de Leni Riefenstahl, así como su admiración por los poemas de Carlos
Martínez Rivas. Pomares la escuchaba y la recorría de punta a punta saboreando imaginariamente cada una
de sus curvas. Martín se iba y venía mentalmente del Ramayana mientras acariciaba la mano de Fiorella
que no paraba de parlotear.
Josefina sacó una cámara de su cartera, era una leica de lujo, y le explicaba a Tamara al mismo tiempo que
le restregaba el modelito en la cara, que jamás renunciaría a su técnica por una propuesta vulgar como la de
la Kodak. Natalia con las manos en la cabeza mediaba entre ambas cuando ameritaba la situación. Y Nacho
Oveja ya tocado por la magia de la hierba le hablaba en tono suave a Mariano, quien sobresalía por ser el
calladito de la mesa.
-La verdad es que creo que sos una ignorante, nada te enseñaron los indígenas niña, -dijo Josefina a Tamara
en tono despectivo. Esta última sacó chispas por los ojos.
-La