-¿A mí?
-Sí, a vos. ¿Te gusta Arthur?
Mira el libro rápidamente, lo cierra y devuelve al estante. Recuerda la noche del Amatl.
Sentado frente a la barra del Amatl Café, con los dedos rodeando la cerveza, más el semblante atristado, es
blanco de la mirada de Fiorella Cassirer.
Martín, un poeta de ideologías resignadas. Sus textos, papeles vistiendo dudas. Saliva negriseca desfilando en
la pasarela blanca. Su cerveza, profesora de ligeras construcciones, la mayoría, resucitadas por la hierba.
Levantó la cabeza y ordenó “otra más por favor”.
En cuestión de segundos el bar tender golpeó la mesa con la botella ¡Plaj! Unas gotitas salpicaron las manos
de Martín.
-Gracias -dijo.
Un trago de centenario descansaba en la mesa estratégica de Fiorella. Le imaginó de tantas formas. Ambos en
sus respectivas órbitas no escuchaban la música. Solos en el Amatl Café. El resto eran imágenes sin
parlamento moviéndose de un lado a otro, saltando en la pista o simplemente estatuas en las mesas esperando
la cerveza o el cigarro de turno.
Tomó una servilleta de la barra, sacó un lapicero. Una metáfora gastada, tal vez proveniente del Amatl.
Ásperas al lienzo del ojo
son las quimeras de tu mirada…
Su codo izquierdo apoyado en la barra y deteniendo la frente. Estiró la servilleta con la derecha, leyó
insatisfecho y bruscamente la rompió.