hacíamos, cuando en realidad nos tragábamos en oscuridad familiar y talvez eso era un sentimiento más allá.
Temblamos cuando la noche nos cubrió. Me hablaste de puertos y ciudades lejanas con mejores fríos.
Te dije que ya no podía, que en las ventanas pañosas de la casa habitaban fantasmas que me necesitaban: los
cuidaba, los alimentaba, me visitaban de vez en cuando.
Me abrazaste de nuevo y con labios tibios en mi oído dijiste: nunca aprendimos a burlarnos en serio
de la vida.