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antes. Eso sí, había decidido que mi colección de Asterix sería intocable. «¡Los Asterix no!», me repetía una y otra vez. Y los libros fueron desapareciendo poco a poco de la estantería. Entrañables amigos, como el pequeño Nicolás, como Vania el forzudo, como Konrad, como Saltodemata, como los batautos, como Elvis, como el abuelo Virilo y la abuelita Opalina, como Atreyu, como Timo, como Feral, como Lavinia… fueron triturados sin piedad por las incansables y robustas mandíbulas del mukusuluba. Angustiado, imaginaba el estómago