Cuentos de Edgar Allan Poe
vendamos el pie y le aplicamos una pulgada cuadrada de esparadrapo negro en la
punta de la nariz.
Notóse entonces que el conde (tal parecía ser el título de Allamistakeo) temblaba
ligeramente, sin duda a causa del frío. El doctor se trasladó al punto a su guardarropa,
volviendo con una magnífica chaqueta negra, admirablemente cortada por Jennings;
un par de pantalones de tartán celeste con trabillas, una camisa de guinga color rosa,
un chaleco de brocado, un abrigo corto blanco, un bastón con puño, un sombrero sin
alas, botas de charol, guantes de cabritilla de color paja, un monóculo, un par de
patillas y una corbata del modelo en cascada. Dada la disparidad de tamaño entre el
conde y el doctor (que se hallaban en proporción de dos a uno), tuvimos alguna
dificultad para disponer aquellas prendas en la persona del egipcio; pero, una vez
vestido, hubiera podido decirse que lo estaba de verdad. Mr. Gliddon le dio entonces
el brazo y lo llevó hasta un confortable sillón junto al fuego, mientras el doctor llamaba
y pedía cigarros y vino.
La conversación no tardó en animarse. Como es natural, nos sentíamos muy curiosos
ante el hecho bastante notable de que Allamistakeo siguiera todavía vivo.
-Hubiera pensado -expresó Mr. Buckingham- que estaba usted muerto desde hacía
mucho.
-¡Cómo! -replicó el conde, profundamente sorprendido-. ¡Si apenas he pasado los
setecientos años! Mi padre vivió mil y no estaba en absoluto chocho cuando murió.
Siguieron a esto una serie de preguntas y cálculos, tras de los cuales fue evidente que la
antigüedad de la momia había sido muy groseramente estimada. Hacía cinco mil
cincuenta años, con algunos meses, que le habían depositado en las catacumbas de
Eleithias.
-Mi observación, empero -continuó Mr. Buckingham-, no se refería a la edad de usted
en el momento de su entierro (ya que no tengo inconveniente en reconocer que es
usted un hombre joven), sino a la inmensidad de tiempo que llevaba, según su propio
testimonio, envuelto en betún.
-¿En qué? -dijo el conde.
-En betún -persistió Mr. Buckingham.
-¡Ah, sí, creo entender! El betún podía servir, en efecto; pero en mi tiempo se
empleaba casi exclusivamente el bicloruro de mercurio.
-Lo que nos resulta particularmente difícil de comprender -dijo el doctor Ponnonner-
es cómo, después de morir y ser enterrado en Egipto hace cinco mil años, se encuentra
usted hoy lleno de vida y con aire tan saludable.
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