ISBN 0124-0854
N º 189 Julio de 2012
eviden-te, creo. Por eso, en domingo, casi no puedo saber qué tal les ha parecido la película.
Lo mejor es cuando comparto las alegrías de la gente al salir de una gran película, o cuando pido la plata a gritos cuando la película ha sido mala. Eso es lo hermoso del sábado: puedo mirar a las parejas de novios que entran a cine cogidos de la mano, y los amo porque sé que lo más importante para ellos es todo esto. En sábado la gente está contenta, y habla mucho, por eso yo puedo escuchar lo que dicen, puedo estarme cerca de los grupos de personas que hablan sobre la película y comprobar que pienso lo mis-mo que ellos al respecto. Los domingos son buenos también, pero diferentes: la gente va a cine, pero sin alegría a flor de cara; la proximidad del lunes es demasiado
Pero si yo tuviera a una persona amiga que le gustara el cine, las cosas serían mu-cho más fáciles. Sí, yendo a cine todos los días, sin importarnos que el teatro estuviera vacío, y conversaríamos después caminan-do por esta ciudad. Sería muy bueno para mí, sobre todo en los días de entre semana, cuando no va casi nadie a los teatros. Es tris-te estar sentado sin nadie alrededor, pero si no voy a cine, ¿ qué otra cosa me pongo a hacer, después de todo? Muchas veces, un lunes, he pensado en salirme del teatro, cuando junto a mí no hay sino tres o cuatro personas de mirada amarga. Pero un día de estos voy a salir a la ciudad a buscar la gente que sí le gusta el cine, a los que me encuentro todos los sábados en tal o cual teatro. Podría buscar, por ejemplo, a la muchacha esa de pelo bonito que viene con el novio, siempre sonriente. Debe saber mucho de cine, porque va casi dos veces por semana. Buscar a una persona y decirle todo, desde la primera película a la última. Palabra que un día de estos voy a hacerlo.