ISBN 0124-0854
N º 189 Julio de 2012 ello, ponderar con su vecino de la butaca siguiente aquel magistral suspenso cuando uno de los bandidos estira las manos para quitarle la pistola que empuña un guardia, ignorando que el tipo vive todavía. Pero Ricardo González no tenía a su alrededor nadie conocido: todas eran personas extrañas, diferentes Al final todo les sale mal a los hombres y la muchacha: ella se arroja, junto con el jefe, de una montaña. Apareció la palabra“ fin” y Ricardo comprendió que la película no había gustado, basándose en los comentarios del público. Era una lata, decían, el final era incomprensible. Ricardo caminó por la ciudad durante horas, extrañado ante la reacción de los espectadores. Dudó acerca de la calidad de la película: se preguntó si el equivocado no sería él. ¡ Pero qué tenía de raro el final, si todo era muy claro! El jefe y la muchacha se suicidan, eso es obvio.¿ Qué era lo que la gente no había entendido? Bueno; él no sabía nada de cine como para asegurar tener la razón, de allí el motivo de sus dudas. Si pudiera conversar con alguno, si conociera a alguien de esta ciudad para preguntarle acerca de la película … pero no. Lo mejor que pudo encontrar fue volver al teatro al día siguiente. Al entregar la boleta, el portero lo miró entre sonrisas, reconociéndolo
“ Por lo menos a una persona le ha gustado ese hueso de película— dijo a espaldas de Ricardo—. Ese tipo que acaba de entrar ya la ha visto como ocho veces”.
Ricardo González se sentó en la misma bu-taca que había ocupado en las anteriores ocasiones. Nerviosamente, esperó a que las luces se apagaran. Esta vez supo que el actor que hacía de jefe se llamaba Rod Steiger, y la muchacha, Nadja Tiller. Sudando frío, si-guió los acontecimientos de la historia. En la escena final, cuando Steigery la muchacha dicen a la policía“ Sí, ya bajamos” desde la montaña, Ricardo comprendió que, una vez más, el público iba a salir sin comprender.
“¡ Se matan, se tiran de la montaña!”— gritó de pronto, parándose de su butaca y usando las manos como parlante—.
Una avalancha de mandadas a callar llovió sobre Ricardo, pero él hizo caso nulo de ellas.
“¡ Miren que la cámara enfoca desde abajo, ellos prefieren suicidarse antes que entregarse a la policía, comprendan!”— volvió a gritar: allí fue cuando las manos de tres empleados se agarraron de su camisa.
“ Lo único bueno de esta estafa fue el tipo que se puso a gritar en la mitad de la sala”— comentaba después una señora de vesti-do morado, franqueando la salida.