ISBN 0124-0854
N º 189 Julio de 2012 por el conocimiento detallado de lo que el cine, día a día, iba develando.
Sus primeros escritos poseían la virtud de la euforia creativa y el afán por el dominio de la técnica y la estructura de un film. Pero si en la crítica existe un afán por la objetividad y la pormenorización científica del análisis, en Andrés se filtraba continuamente la visión particular de lo que una película le generaba, y su estilo era una combinación permanente entre la erudición y la fascinación creadora. En cualquier texto sobre cine de Andrés Caicedo, no sólo tenemos la ubicación histórica y el ahondamiento crítico sobre cualquier film, sino que también nos encontramos con un trabajo que siempre bordea los límites de la ficción. En ningún momento Andrés esconde los aspectos obsesivos, privados, íntimos, que una película le provoca; su preocupación era la de encontrar un tono que“ universalizase lo particular” pues, para él,“ cada gusto es una aberración”. Y, por supuesto, había que echarle mano a todos estos fantasmas individuales para que un film cobrara vida, tuviese cuerpo, trascendiese a través de la óptica peculiar de quien degusta las imágenes en la oscuridad de la sala.
Por esta razón, los géneros cinematográficos para Caicedo eran un punto de partida que le
ayudaban a clasificar sus obsesiones. Víctima de su propio invento, los sueños del cinematógrafo fueron devorando sus propios instintos, hasta el punto que uno no llega a saber, con el tiempo, cuándo Andrés escribía sobre él, o sobre el cine.
Desde un principio, los mitos y los temas del cine norteamericano fueron su preocupación central; las películas de horror y de vampiros, por ejemplo, fueron los fantasmas de la perdición que lo poseyeron hasta que terminaron por invitarlo a vivir para siempre en las profundidades de sus propios infiernos. De otra parte, el western fue otro de los temas por los que Caicedo tuvo especial curiosidad y delos cuales se nutrió con mayor vehemencia. Pero, así mismo, todo lo que representase un paso al más allá dentro del universo del cine cabía dentro de los lentes y la furiosa máquina de escribir de Caicedo. Como finalmente se dio cuenta de que hacer cine en Colombia era una posibilidad bastante lejana( Andrés sólo codirigió una película inconclusa con Carlos Mayolo, en 1971, titulada Angelito y Miguel Ángel, basada en uno de sus relatos, la cual sería recuperada por Luis Ospina en 1986 para su documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos), parecía que su escritura tratase de recrear lo que unas horas antes la pantalla brindaba. Los textos caicedianos sobre el cine