ISSN 0124-0854
N º 194 Diciembre de 2012
Pablo López, Una gallina-Clarice Lispector N.° 2, 2012, grafito, tinta y marcador, 12,5 x 17,5 cm
Todos corrieron de nuevo a la cocina y, enmudecidos, rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
—¡ Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
—¡ Y yo tampoco!— juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros.
Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando:“¡ Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!”. La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.