Agenda Cultural UdeA - Año 2011 JUNIO | Page 32

ISBN 0124-0854
N º 177 Junio de 2011 sus hombres, declara:“ Eso hace parte del sacrificio y compromiso que tenemos con Colombia. Los criminales buscan con sus acciones disminuir la acción del Estado y la fuerza pública, pero no lo van a lograr”. Colombia y la ciudad están impresionados por la masacre de uniformados. La mayoría son asesinados cuando están de civil y en los mismos barrios donde viven sus verdugos, donde ellos viven. En la ciudad empieza a correr un rumor de venganza:“ Por cada policía asesinado caerán diez civiles”.
Noches de luna roja
El martes 3 de abril, cerca de las 8:30 de la noche en el barrio Las Esmeraldas, en el granero mixto Conradt y a una cuadra donde el viejo vio pasar el vehículo con los cinco hombres, Richard Estrada( diecisiete años), Luis Carlos Meneses( veinticinco años), Diego León Castañeda( veintidós años), William Luján, los hermanos Over( veintiún años) y Glamer Moreno Tuberquia( diecisiete años) y su tío Conrado Tuberquia( cuarenta y tres años), propietario de la tienda, comparten el frío de la noche, algún refresco y muchas palabras.
La tienda es el espacio para quemar las horas después del trabajo o del colegio. El barrio no está muy“ caliente” en ese momento, pero allí conviven algunos conocidos dedicados a la delincuencia y al sicariato. Los muchachos comentan un mensaje que les llegó por cuenta de un policía conocido:“ No se hagan en la
esquina que esta noche van a salir a darle bala a todo el mundo”, advirtió. Sin embargo, ellos no se preocupan, no son delincuentes, el asunto no es con ellos.
El carro pasa por allí despacio y aunque causa curiosidad, solamente Richard Estrada lo graba en su mente. El vehículo continúa su camino, pero un par de minutos después vuelve a aparecer en la esquina de la tienda. Esta vez se detiene y los hombres se bajan blandiendo armas de fuego. Richard piensa que es una requisa de las que se han hecho rutinarias en toda la ciudad y más en los barrios populares.
Pero no es un cateo. Los hombres descargan una lluvia de balas sobre el grupo de muchachos y de Conrado. Luis Carlos, recostado en el teléfono y de espaldas a sus verdugos, no tiene tiempo de mirar; Diego, sentado en una banca y también de espaldas, tampoco; Glamer, sentado entre una ventana y la puerta y cubierto por los dos amigos, solo recibe un impacto, pero mortal: no cae de la silla, queda sentado. Diego y Carlos quedan destrozados, aunque Diego no moriría sino horas después, en la madrugada del miércoles. Over corrió, pero el conductor del vehículo le disparó y el joven cayó: un impacto en la cabeza se le lleva la vida.
Sentado al lado de William Luján, Richard se sumerge en un silencio absoluto que sólo es alterado por el instinto:“ me mataron”, piensa. Mientras su mente lo ubica en la otra vida, su