ISBN 0124-0854
N º 177 Junio de 2011 cuerpo corre hacia la derecha, arrastrando consigo a William, quien ha recibido impactos en un costado. Luego de correr por varias cuadras, saben que están vivos y buscan ayuda.
Tras una cortina de humo con olor a muerte, las armas se apagan, el silencio cae sobre la esquina y el vehículo parte con los asesinos. Allí quedan los cuerpos de Luis Carlos, Diego León y los hermanos Moreno Tuberquia. Conrado, el tío dueño de la tienda se salva detrás del mostrador. A Luis Carlos casi no lo pueden levantar los forenses: quedó tan destrozado, que su cuerpo perdió cualquier solidez.
A unos metros, en un balcón, la madre de Over y Glamer no cree que allí, en la tienda, estén muertos sus dos hijos. No sabe por qué. No sabe quién. Es la primera de cincuenta y cuatro masacres del mismo tipo que van a ocurrir durante ese año. Más de doscientas personas caen en las esquinas, tiendas, aceras y bares de la ciudad. La hipótesis de las autoridades es que las masacres son guerras entre bandas por cuentas de bandidos. Sin embargo, la prensa nunca registró una sola arma en poder de los masacrados. Ocurren en Manrique, en Castilla, en Prado, en Guayabal, en todo Medellín. Siete, cinco, ocho, doce y más personas caen en cada una.
En aquel frenesí de muerte, mueren policías, caen ciudadanos. Pobres, ricos, jóvenes y adultos. No hay diferencia. El 23 de junio las
masacres llegan a los estratos altos y lo hacen con mayor sevicia. En el bar Oporto, en la frontera entre Medellín y Envigado, los carros con asesinos satisfacen su deseo de muerte con veintidós sacrificados, la más grande masacre registrada en Medellín.
Han pasado veintiún años. Nunca hubo culpables, nunca detenidos, ni siquiera una persecución. En medio de tanta guerra, el objetivo era terminar con Pablo Escobar y“ Los extraditables”; decían que si los acababan llegaría la paz a Colombia. Años después, alias Popeye, lugarteniente de Escobar, diría que las masacres las cometió como venganza por la muerte de sus compañeros uniformados, un grupo de la SIJIN, de la policía, llamado“ Los rojos”. Nadie confirma o desmiente la versión. Lo cierto es que para las familias de al menos cuatro de estas masacres, nunca llegó la justicia, ni un quién ni por qué. Mientras el país discute leyes para reparar a las víctimas del conflicto, los muertos de 1990 yacen en el olvido. Y usted, posiblemente, ni siquiera sepa que esto ocurrió en su ciudad, en Medellín.
Víctor Hugo Vargas Rodríguez. Fragmento extractado del trabajo de grado Noches de luna roja, presentado para optar al título de Periodista en la Universidad de Antioquia, por el cual obtuvo mención especial. Contó con la asesoría del periodista y profesor Heiner Castañeda.