ISBN 0124-0854
N º 177 Junio de 2011
Cada rato veían a Pedro salir rumbo a Sanidad para pedir una inyección que aliviara los chichones. Ya cuando está a punto de recobrar su libertad, Kemberly abre como paraguas esos ojos que sombrea con azul brillante, para decir que cuando se sentaba a almorzar le llovían papas, yucas y zanahorias:“ Querida, hubiera podido recoger en un bulto la comida del mes. Lo más horrible era cuando caían papayas, porque me dejaban la ropa de botar”, reclama con una voz que le sale turbia, como la de un locutor de radio.
Es lo que se llama el“ paseo”, dice Luz Marina Acevedo, asesora en Derechos Humanos de la Personería de Medellín.“ Lo que pasa es que en el interior hay una política y es que toda persona que tenga una orientación sexual por otro lado, lo enseñan a ser hombre, a muchos los violan y los someten a condiciones infrahumanas”, dice.
Eso depende también de qué tan open mind sea el cacique que reine tras las rejas, repone Walter Alonso Tejada, también funcionario de esa entidad y encargado de la población Lgtb encarcelada( lesbianas, gais, travestis y bisexuales). En el patio cuarto, por ejemplo, son mucho más tolerantes con eso de la pestañina y el rubor.
Pero la homofobia no es una práctica exclusiva de Bellavista. El año pasado, la Comisión de Derechos Humanos del Senado de la República orientó una investigación que dejó en evidencia que en prisiones de alta
seguridad hay gais que son obligados a devolverse, arrepentidos, para el“ clóset”.“ Preguntamos por un interno gay que sabíamos que estaba en la Cárcel de Máxima Seguridad, en Cómbita, y el director nos contestó, literalmente, que no, que no había ningún homosexual, que allá todos eran machos, machitos”, cuenta el abogado Mauricio Noguera Rojas, de la organización Colombia Diversa. Es el mismo precio que tienen que pagar las mujeres lesbianas; el profesor de la Universidad de Antioquia y activista gay, Hernando Muñoz Sánchez, constató la semana pasada que en la Cárcel de Valledupar a las chicas no les permiten llevar crestas moldeadas con gel, pues las haría ver como caballeros.
La novela de Shirley Yuyeimi
Jorge Hernando Taborda Castañeda tiene una herida en el corazón. No es por despecho: Es una cicatriz que dejó el paso de un puñal que lo sumergió dos días en estado de coma. A Bellavista entró a los dieciocho años de edad, justamente por haberle pagado con la misma moneda a su agresor. Sin embargo, su delito se fue más allá de las lesiones personales y se tradujo, en el transcurrir de una noche negra, en homicidio agravado y hurto calificado.
Del autor del crimen las autoridades no tenían ni la más mínima sospecha. Sólo hasta que