ISBN 0124-0854
N º 169 Septiembre de 2010
Marcel Duchamp, Escurridor de botellas, ready-made, 1913.
Si bien Duchamp confronta el mundo del arte al patentizarle distinciones entre lo que es artístico, sea arte o antiarte, y lo que es estético, lo cual constituye una problemática eminentemente conceptual, Dadá banaliza las pretensiones formativas y pedagógicas que se le habían atribuido históricamente al arte hasta ese momento. Bondad, belleza y verdad no eran bienes supremos ni se requerían entre sí, ni podían figurar como programa en el arte del momento, la posguerra. Si en 1896 y 1903, George Santayana y George Moore podían cifrar los ocios de la existencia ideal en el disfrute de la variedad de la naturaleza, lo infinito del arte y la compañía de sensibilidades semejantes— era una sociedad del bienestar—, en el
Manifiesto Dadá de 1918, para una Europa en ruinas, se proclama para el nuevo artista la independencia desenvuelta del“ meimportauncarajismo”, y se enfatiza que“ El arte no tiene la importancia que nosotros, centuriones de la mente, le prodigamos desde hace siglos” 1. Para Dadá es el momento del borrón y cuenta nueva. En obvia alusión a la entonces reciente guerra afirma:“ Que grite cada hombre: hay un gran trabajo destructivo, negativo, por cumplir. Barrer, asear. La limpieza del individuo se afirma después del estado de locura, de locura agresiva, completa, de un mundo dejado en manos de bandidos
1 Tristan Tzara, Siete manifiestos Dadá, traducción de Huberto Haltter, Barcelona, Tusquets Editores, 1999, pp. 20s.