ISBN 0124-0854
N º 169 Septiembre de 2010 la ausencia de belleza en las nuevas obras, inicialmente debida a las que se consideraban desfiguraciones de la realidad y de las cosas. Según se estilaba en la crítica, tal arte parecía ser cómplice de la inmoralidad y del relajamiento de la época. Pero filósofos como David Hume en el siglo XVIII y críticos de arte como Robert Fry a principios del siglo
XX daban una explicación del hecho, que parecía funcionar: la primera experiencia bien podía ser de choque, pero con educación estética siempre se terminaría por reconocer la belleza de dicho arte. Este criterio no resistió los desafíos de las vanguardias hacia 1915, en casos verdaderamente desconcertantes como los objetos de Marcel Duchamp, actualmente denominados readymades en el mundo del arte, y poco después las intervenciones y los gestos del movimiento Dadá, ante los cuales se puede decir hoy que son objetos de arte, pero no lo son y se resisten a ser arte bello. En el caso de Duchamp, porque su propósito era cuestionar el arte del momento, se trata de arte para el placer retiniano, arte para la mera visualidad sin exigencias de pensamiento; en pocas palabras, el desafío de Duchamp era el cuestionamiento de la inercia en que se había convertido el arte desde finales del siglo XIX como mero fenómeno estético de gratificaciones sensoriales. Contra ese arte estético, Duchamp puso sobre el tapete la naturaleza conceptual del arte. En el caso de Dadá, porque su propósito era el destierro de la belleza del arte, estamos ante la exclusión del arte bello y de toda la carga moral y civilizadora con que la gran cultura burguesa europea había identificado su función cultural. Tal carga moral y civilizadora del arte bello no podía ser cierta, si se tenía en cuenta que esa misma burguesía culta era la que había desencadenado la primera Gran Guerra y había dejado millones de muertos y pueblos en ruinas. Dadá politizó la belleza, pero no para que la abanderara el arte, sino para enfilar este contra ella, pues consideraba que producir arte bello era extenderles un regalo a los verdugos.