ISBN 0124-0854
N º 149 Noviembre 2008 por su despliegue, a partir de la promulgación de leyes y protocolos sobre el respeto a la población civil no involucrada, a los prisioneros rendidos y al uso indiscriminado de armas o de estrategias que resultase desproporcionado con relación a los objetivos militares buscados; no obstante, en este contexto de humanización de la guerra, las víctimas eran sujetos pasivos, receptores de acciones de protección por parte del Estado o de entidades internacionales que trataban de aliviar en algo su situación, pero no eran reconocidos como actores primarios de los conflictos, con derechos ciudadanos, portadores de palabras de verdad y poseedores de un recurso cultural incalculable, la memoria sobre esos períodos oscuros y traumáticos de los cuales a veces
se pierden las huellas y los ecos en la vida de los pueblos. Las víctimas solo aparecían como receptores de servicios y de ayudas; es decir, como clientes; la verdad era la de los vencedores, no existían tribunales que juzgasen y condenasen los crímenes contra la humanidad, los perdones judiciales se asumían como perdones sociales y parecía que nadie debería hacerse cargo de la reparación y los resarcimientos morales, económicos, simbólicos y culturales de los afectados. Esta situación comenzó a cambiar a partir de la Segunda Guerra Mundial, con los procesos de Nuremberg y Tokio para juzgar a los responsables del genocidio judío, procesos que continúan convocando a la sociedad alemana hasta el presente y podría decirse que aún no terminan; a partir de allí,