ISBN 0124-0854
N º 145 Julio 2008 de Estado hobbesiano basado en la concentración del poder, sólo podría pasar hoy si se acaba con las instituciones republicanas y los sistemas de representación política, y si se acaba con toda una serie de poderes intermedios que caracterizan a la compleja sociedad contemporánea. Hacer pasar, pues, razones de gobierno, como si fueran razones de Estado, no es sólo un error histórico y teórico, sino falsa y pura mentira ideológica para mimetizar las pequeñas cosas, que no son políticas, en las grandes cosas de la política.
Aludimos a las pequeñas cosas, no porque sean pequeñas sino por mezquinas; y lo son, porque su satisfacción sacrifica el bienestar de los demás. En este sentido, la diferencia entre las grandes y las pequeñas cosas así descritas, hacen la diferencia entre política y politiquería. En ésta, recurrir a las grandes cosas esconde los intereses mezquinos.
Y en esa mezquindad hay otro recurso poderoso: la teoría del enemigo. En esa lógica justificacionista basada en las grandes cosas de la política, en los grandes fines, como los superiores intereses de la patria, por ejemplo, aparecen casi naturalmente los enemigos internos y externos. Si a las pequeñas cosas se les superpone un gran fin de la política y se encuentra un enemigo estratégico a quién culpar de todos los males, y un rasero moral respecto del cual medir la enemistad, la urgencia de los problemas reales de la política y de la gobernabilidad se difieren y resultan insatisfechos. Con razón hemos insistido en que el mejor invento de la civilización política es el enemigo: adecuadamente socorrido nos alivia de muchas afugias, grandes y pequeñas. Así puede justificarse que, frente al clásico dilema entre el orden y la justicia social, se privilegie primero el orden por vía de la seguridad, como si la pobreza y la desigualdad no fueran parte del desorden. Con un agravante. Las grandes cosas son populares porque la moralidad popular es proclive a juzgar con anacronismos y con relación a grandes, inmensas y magníficas“ esfinges” que asustan todo control porque resultan ser tan grandes que le hacen sombra a su propia sombra.