ISBN 0124-0854
N º 145 Julio 2008 situación de guerra mediante la legitimación jurídica del poder absoluto de Hobbes, para citar algunas de esas teorías que, en su época, se ocuparon principalmente de los asuntos de la justificación del Estado. Puestas en el presente, a más de dos siglos de Estado de derecho, esas teorías resultan operativas sólo para eludir un fracaso histórico o para mentir sobre el hecho de que, a nombre de las grandes cosas de la política, se satisfacen pequeñas cosas que se hacen pasar por políticas.
Además de ser usadas anacrónicamente, esas teorías se distorsionan para la ocasión. Vemos reaparecer el realismo político de Maquiavelo convertido en el maquiavelismo que justifica cualquier medio para la realización del gran fin de la política, que es la salvación de la patria, frente a un enemigo adecuadamente superpuesto al cual se le asignan los problemas de la gobernabilidad. O vemos aparecer la teoría de la excepción de Bodino que justifica la mentira, el engaño y el asesinato por razones de necesidad. O el modelo hobbesiano de concentración del poder sin violar el derecho, porque el soberano mismo lo fabrica“ a la carta” aunque sea por interpuesta persona. Con estas adecuaciones modernas del pensamiento clásico, se olvida que ni el mismo Maquiavelo, que al fin de cuentas no era maquiavélico, pero sí el gran filósofo de la eficacia política, consideró como fines legítimos de la política cosas distintas a la
salvación de la patria o el bien común o el interés general, y el ejercicio del poder sólo como medio para la realización de esos fines; y el mismo Maquiavelo tasó como fines ilegítimos de la política los contrarios: la salvación del gobernante, el cuidado de sus bienes y los de sus amigos, la salvaguarda de los intereses particulares y el ejercicio del poder por el poder mismo. En esas reencarnaciones ideológicas se olvida que la teoría de la excepción, aún pensada en la obra de Bodino o del moderno Schmitt, es sólo eso: una excepción a la regla y no la regla; que la excepción no es para la viruta y que hasta la misma gran excepcionalidad que es la guerra está hoy legalizada porque se considera que toda excepción es un acto político controlado, al menos, por un mínimo jurídico. Y se olvida también que por llamativo y simpático que sea y por muy expedita que resulte su aplicación, el modelo