ISBN 0124-0854
N º 140 Febrero 2008
Carta a Abel Farina
Tomás Carrasquilla
Argelia de María, julio de 1906. Sr. Abel Farina. Farina amigo:
Al fin recibí las letras y los versos que me diriges. Aunque me llamas maestro, no tengo la presunción de retornarte el título, diciéndote discípulo. Me habían informado que te mostrabas muy agrio y destemplado conmigo. No tal. Tu réplica no puede ser más noble, más franca ni más a tu altura. Tendré de agradecértela. Ella me honra demasiado; y, si yo necesitase de más vanidades, no sería poco lo que en esta vez habría de agregar al montón. Por mucho que te desconsueles, habré de ser sincero: tus seguidillas me parecen hermosas. Por su espíritu y su corte, me han confirmado en dos ideas: en la aristocracia de tu temperamento y en la plebeyez del mío.
Dices que en mi escrito me encuentras falseado. ¡ Ojalá! Tan pésima es mi calidad, que habría de ganar de todos modos, con las falsificaciones. Dices, también, que me encuentro contradicho. No lo dudo, amigo mío. Si en este enredo que llaman almas no hubiese contradicciones y antinomias, se me figura que la vida habría de ser bastante peor de lo que es. En este columpiarse de las almas, de aquí para allá; en este invertirse de posturas y lugares; de hallar puntos distintos de vista y nuevas condiciones de observación, debe consistir, Farina amigo, el palpitar febricitante de todas las existencias. El cristal es muy límpido y hermoso; pero es la imagen de la muerte.
No creas que no fui sincero en mi prédica: todavía me creo algo de lo que en ella dije. Cuando uno sube al púlpito y da en sentar doctrinas, es como si se pusiese una“ perra” de sentido común, que es lo que más emborracha. Y la sinceridad en las borracheras es proverbial. Ya que tuve esta ocurrencia, hice bien en aprovecharla, para darme tono e ínfulas de espíritu sesudo y reflexivo.