Agenda Cultural UdeA - Año 2007 MARZO | Page 28

ISBN 0124-0854
N º 130 Marzo de 2007 entre las palabras nuevas las más antiguas, y entre las antiguas las más nuevas.
Pero mientras el neologismo no es autorizado por el Diccionario de la lengua, ¿ qué condiciones debe tener para ser admitido en el uso? Todas o algunas de las siguientes, indicadas por Hartzenbusch: 1a. Si es necesario; 2a. Si es fácilmente comprensible; 3a. Si es lógicamente justificable; 4a. Si siquiera es hermoso; 5a. Si procede de raíz castellana, latina o griega; y 6a. Si ya hace algún tiempo que se usa y lo han empleado autores correctos. Y no ha de extrañarse que sea tan grande el número de requisitos para la incorporación de un vocablo en el caudal del idioma. De la lengua francesa dijo Voltaire que era una pordiosera orgullosa a quien había que dar limosna a pesar suyo; pero la singular riqueza del castellano lo pone a cubierto de esos socorros forzados. Sin duda que no puede disputarse a los hombres de genio el que se atrevan a acuñar moneda en sus troqueles, y que ha de tenerse indulgencia y aun reconocimiento para con esos grandes innovadores cuya feliz audacia produce el resultado de multiplicar los signos del pensamiento, para que éste se produzca con más brillantez y energía; pero eso no obsta pasa exigir que los neologismos se formen con discernimiento y con buen gusto, porque no hay que perder de vista que no es alcanzar el fin sobrepujarlo, y que en literatura como en política no es libre quien abusa de la libertad sino el que obra con medida.
En una sola excepción puede señalarse a estos principios y es la relativa a términos técnicos de ciencias y artes. La Academia española, desde las primeras ediciones de su Diccionario, decidió no incluir en él sino las voces y giros del lenguaje vulgar, y posteriormente ha mantenido casi en absoluto su resolución. Cierto es que obrando con opuesto criterio, el Diccionario se convertiría en una enciclopedia inmanejable y carísima; que algunos tecnicismos no tienen condiciones de larga vida; que otros son de extravagantes e híbrida formación: y que muchos pertenecen a ciencias y artes tan poco generalizadas, que la utilidad de anotarlos sería en extremo restringida y dudosa. Pero, por una parte, es difícil señalar con precisión el límite entre el lenguaje común y el lenguaje técnico: de nación a nación y aun de una provincia a otra, ese límite varía según las industrias predominantes, según las aptitudes, conocimientos y gustos de los habitantes, y por otras causas que saltan a la vista y que producen el resultado de que en una parte sean del lenguaje ordinario voces que en otra tienen carácter de técnicas, y viceversa; los progresos de la instrucción hacen también retroceder el expresado límite, y lo tornan más y más indeterminado. Por otra parte, abandonando el campo de la tecnología a compiladores comunes, reina en él la más completa anarquía, no sólo en cuanto al número y significación de los vocablos, sino en la ortografía y en el género de ellos. Por todo esto ha podido decirse con asomos de