Agenda Cultural UdeA - Año 2007 JUNIO | Page 33

ISBN 0124-0854
N º 133 junio de 2007
Se siente además, en el recorrido sin frenos de estas páginas, el ritmo de la poesía, como cuando dice:“ Sentí muy apagado el pito de un policía en la plaza. El cabo tiró de una cadenita y de un bolsillo de su camisa salió un pito. Lo sopló con una maestría lenta, y me pareció oír lejano, por un río de tierras bajas y cálidas a un vaporcito de paletas que iba corriendo arriba, empeñoso. Me gustó ese silbo”. O cuando, al referirse a Gloria, nos cuenta la tristeza:“ Para los otros domingos no exultaba ya: estaba triste sin que me cupieran dudas, otra vez. Yo a la tristeza la conocía. Me acompañaba desde muchacho. Tristeza he tragado, demasiada, para no reconocerla en los estragos que causa. Y yo veía la enormidad de la tristeza de la ojiverde. A mí, entonces, me dolía. Me dolía por ella. Por todos los tristes. Por mí, me entristecía con ella en consonancia de versos pareados”.
Tampoco es posible dejar pasar, de entre las muchas frases poéticas de la novela, ésta que nos habla del pasado, ese que tenemos todos y que duele, suele doler muy profundo:“ A veces recuerdo todo eso, años y años pasados ya. Me parecen cosas
más de novela que de la vida, y entonces ahondo en esos años y encuentro allí todo fresco y permanecido...”
Mario Escobar describe en estas páginas gentes y calles cubiertas por noches desoladas, noches de puertas y ventanas cerradas por la fuerza de la violencia. De un limpio bagaje de palabras va emergiendo un momento de la historia política de Colombia, aprovechando como espacio narrativo un pueblo en el que sitúa a sus personajes, los mejores representantes de la identidad del país: un cura con doble moral; una mujer soltera en embarazo rodeada por el típico escándalo; un jefe de policía manejador del poder según sus propios intereses; una casa de prostitución con una dueña vieja, fea y triste, donde trabajan prostitutas ocasionales, descritas por el autor así:“ Siempre había una nueva, ninguna hacía carnes viejas y se le veía la cara de poquita cosa, y se le notaban los dientes cariados. Cargaba unas teticas desfallecidas y trajinadas y se usaba una piel granulosa. No incitaba, gris como las despedidas”; en este cuadro de personajes tampoco podían faltar la chismosa que no inventaba, pero que muy bien comunicaba; las niñas buenas y casaderas; las damas que conformaban los