Agenda Cultural UdeA - Año 2007 JUNIO | Seite 34

ISBN 0124-0854
N º 133 junio de 2007 grupos al servicio de la iglesia; dos maestros tristes como las noches del pueblo y una mujer hermosa, de ojos verdes, que llegó, causó revuelo en las vidas de muchos, especialmente en el corazón de uno de los maestros, y luego, para no empezar a envejecer como cualquier prostituta, simplemente buscó su muerte, enalteciéndose a través de ella, yéndose dignamente, cubierta, a pesar del cura, con tierra bendita del cementerio.
No hay que dejar de mencionar a un personaje que sin duda impacta, como doña Carmen; su destino duele y es la muestra clara de la ingratitud de los hombres, de la ingratitud de un pueblo: esa vejez en soledad, esa muerte solitaria y ese ver pasar el tiempo:“ El tiempo también ofende a las cosas, eso es lo que quería establecer. Hasta la pared fue el tiempo por el cuadro para, con dedos de días, marcarlo de años. Un día y otro día: seguidos. Así pasan. De a uno, pero siempre.” Ese es el tiempo de todo lo que habita sobre la tierra, de los hombres, los animales, los objetos y también el de los sueños, el que los enmohece, los carcome y a veces los arrebata para siempre, los sepulta sin su dueño. Entonces es cuando se sigue viviendo, dolorosamente, sin ellos.
El manejo de las palabras es algo que caracteriza muy especialmente a este escritor, ya que pocos lo saben y más pocos aún se
atreven a hacerlo; él, en cambio, lo ha asumido como parte de su estilo, no sólo en esta novela sino en toda su obra. Es fascinante cuando va diciendo por ejemplo que“ las cosas empolvecen”; esa verbalización del sustantivo le da vida, dialéctica, a nuestro idioma, es la posibilidad de decir más con las mismas palabras. Con su estilo nos está diciendo que el idioma es para explorarlo, para conocerlo, para manejarlo, no para aquietarnos con él. Mario Escobar presenta con su estilo la posibilidad dialéctica de la lengua castellana, la versatilidad que nuestras palabras se merecen.
Por último, aunque no soy especialista en el significado de los colores, algo me dice que esta novela tiene por color el amarillo, como el vestido de la ojiverde, como la tristeza del maestro y como las despedidas, esas que, la intuición nos dice, son para siempre, así como el sentimiento que queda en el alma después de leer la novela. Ese es su color, el que recuerda la tierra de los funerales, en especial cuando hay invierno.
El maestro escritor decía que no había llegado a ser nadie, que había defraudado a muchos y a él mismo; yo no sé entonces qué esperaban y qué esperaba él, porque creo que con su obra ya ha erigido un mundo, no sobre la arena resbaladiza, sino sobre las palabras, esas que, con el arte del cojo Hefesto, entrelazó con firmeza para perdurar, para no morir, para seguir hablando después de la muerte.