ISBN 0124-0854
N º 133 junio de 2007 transformar el ubicado en Manrique, con jardín incluido, donde vivió durante los últimos veinte años con su esposa Alba Lucía y con el hijo de ambos, Mario Leandro.
Mario llevaba unas agendas bellísimas, verdaderas obras de arte, que preparaba cuando compraba, con fotos de animales, paisajes, bellas mujeres, es decir las engalanaba con toda la belleza de este planeta Tierra. Cada noche escribía en ellas todo lo que había observado en el día y que le hubiera llamado la atención, así como frases o expresiones de las personas con quienes había tratado. Él escribía en las agendas con tintas de varios colores, utilizando estilógrafos, algunos muy pesados y finos como uno bañado en oro y que él coleccionaba con pasión y esmero. Sobra anotar que su caligrafía era bellísima y la heredó su maravilloso hijo Mario Leandro, quien ya ha tenido problemas en el colegio porque su letra no es despegada como la de las generaciones actuales de estudiantes y profesionales. De las agendas, escritas en tono literario, él iba sacando material para sus novelas y“ chuleando” lo que había sido ya utilizado. Este ejercicio diario de llevar la agenda y hacer sus sabios comentarios y reflexiones sobre los más variados asuntos de la vida cotidiana y de las personas, se constituía en un ejercicio continuo para mantener caliente la mano y le facilitaba el trabajo posterior a la hora de emprender sus extensas novelas.
Varias veces hablamos de las maravillas del agua como líquido e intercambiamos conocimientos sobre ella. Él quería escribir un libro dedicado al agua y estoy seguro de que lo debe de haber dejado muy avanzado porque le pasé mucha información química que he consignado en una novela mía próxima a publicar. En la entrevista que le hice en el periódico Alma Mater, en el año dos mil, para conmemorar los veinte años del Taller de Escritores de la Universidad, lo forcé a que dijera en público lo que siempre me dijo en privado:“ Para mí el agua es una prueba de la existencia de Dios, quien no crea en él, que crea en ella”. Aunque Mario creía más en la Virgen del Perpetuo Socorro que en Dios, cuando en la misma entrevista le pregunté cómo concebía a Dios en ese momento de su vida, me respondió:“ Yo a Dios lo siento por dentro”. Me pareció tan contundente la respuesta, que ahí terminé la entrevista. Cuando le dije que veinte años atrás yo no hubiera sido capaz de entrevistarlo, me respondió lo que me había dicho en otra ocasión:“ Fabio, el alumno que no supera al maestro lo traiciona”.
Para su hijo, Mario Leandro, quien compartió los primeros dieciséis años de su vida con su padre, los últimos dieciséis en la vida del maestro Escobar, su papá“ era como un bonbonbum, duro por fuera, blando por dentro”. Eso era el maestro, en apariencia duro, pero cuando brindaba su amistad era un amigo tierno y generoso. Su joven esposa, a