ISBN 0124-0854
N º 121 Mayo de 2006 felicidad todo en su propio cuerpo desde la visión de otro. Por eso el tiempo de la danza es el momento, el instante, el tiempo sagrado que se da en él y que nos permite ser otros para volver a nosotros mismos diferentes.
Creo que la descripción más hermosa de lo que puede ser la esencia de la danza puede dejársele a Valèry:
La mujer que había ahí ha sido devorada por figuras innumerables... Con sus estallidos de vigor ese cuerpo me sugiere un pensamiento extremo: así como le pedimos a nuestra alma gran cantidad de cosas para las que no está hecha, y le exigimos que nos aclare, que prediga, que adivine el porvenir, y aun le conjuramos a que descubra a Dios...¡ así también el cuerpo, que está, quiere alcanzar posesión completa de sí, y un punto de gloria sobrenatural! Mas le ocurre como al alma, para quien el Dios y la sabiduría y la hondura que de ella se solicitan no son ni pueden ser más que momentos, destellos, fragmentos de un tiempo extranjero, saltos desesperados fuera de su forma...( Valèry 2000: 110)
La danza pues nos habla de nosotros mismos, no sólo como seres de movimiento, sino también como seres incompletos y mutilados que habitamos un cuerpo muchas veces ajeno. Hay en cualquier manifestación artística una elevación del sentimiento vital y una promesa de ser divinos aunque sea un instante. No vamos al teatro a hacer catarsis en el sentido de salir purificados:“ La obra de arte nos obliga a reconocerlo. Ahí no hay ni un lugar
que no te vea. Tienes que cambiar tu vida. Es un impacto, un ser volteados, lo que sucede por medio de la particularidad con la que nos sale al paso cada experiencia artística”.( Gadamer 1996: 90)
En la representación de un paso a dos( un pas de deux), no vemos el encuentro del amor y la pareja propios. Claro que vemos una pareja de bailarines moviéndose amorosamente u odiándose entre sí, pero sabemos que nuestros encuentros amorosos nunca tendrán la forma del encuentro de un paso de dos; no queremos ni pretendemos reproducir ese gesto específico del amor en nuestra vida, sería imposible. Es más bien la idea de amor que presenciamos ahí como algo abstracto pero que nos recuerda ese sentimiento humano que nos une directamente con lo divino. Y esto se puede aplicar a los sentimientos de soledad, de dolor, de desesperación.
Lo que quiero decir es que no asistimos al encuentro de dos cuerpos que se complementan, se sostienen, se cargan, se retan, en general se acoplan el uno en el otro para vernos reflejados en ese gesto; vamos a dejarnos hablar por ese gesto que nos es ajeno, como nos hablan los colores en una pintura de arte abstracto, o los violines en una sinfonía. En este sentido encuentro una gran diferencia entre la danza y el teatro, así como la que hay entre la pintura realista y la pintura abstracta: la danza trabaja con elementos mucho más abstractos, sentimientos, ideas, imágenes, no hay un referente evidente con el