ISBN 0124-0854
N º 119 Marzo de 2006 grado de desadaptación y rebeldía de los oyentes. Y los que oían clásica, en discos negros de 33 y un tercio revoluciones por minuto, y debían cambiar de lado en medio de algún movimiento, y colocar la aguja justo al comienzo del surco correcto, parecían sacerdotes de alguna secta extraña y desactualizada. Ingresar entonces al tema, ocurría cuando silbando una tonada de Mauriat o de De los Ríos, se descubría que esa misma no era de los años sesenta, que tenía doscientos veinte años, de pronto más. Se comenzaba con Beethoven, que parecía más fácil: había la novena sinfonía, y después la quinta o incluso la tercera; o mejor todavía, ingresaba uno por la puerta lateral que existía por mérito de los compositores barrocos. Claro, era más sencillo sentarse ante Vivaldi o Corelli, que meterse sin anestesia y tragarse los conciertos de Brandemburgo de Bach. Siempre había referentes, incluso entre el rock que llamaron“ sinfónico”; de repente grupos como Queen, parecían saber algo más de música seria o lo que quiera que eso significara.
Entonces, en el camino, invariablemente aparecía un tipo extraño, vestido con trajes cortesanos, almidonado y habitualmente haciendo venias a algún reyecito regordete, y rodeado de personajes de la corte que estarían de seguro aburridos o desconfiados del pretendido talento excepcional de un niño que, en lugar de jugar a lo que jugaran los
niños de su época, tuvo que disfrazarse de lo que era: niño genio, y hacer un poco como los micos de los circos ambulantes: la gracia justa ante el auditorio elegido por su padre( versión primitiva del manager exitoso y exigente, explotador al fin y al cabo). Entonces aparecían los datos increíbles: compositor de conciertos y piezas de toda especie desde los cuatro años, una capacidad infinita de copiar música y mejorarla( una especie de DJ renacentista), un pianista fuera de serie, que en ausencia de talento en la composición hubiera sido recordado por su manera de pulsar las teclas del instrumento que recién emergía y reemplazaría al pianoforte y a otros prototipos de instrumentos limitados y carentes de la gracia que hizo sublime al piano: el mismo que ahora sustenta el talento de músicos como Jamie Cullum, Diana Krall, o de grupos como Coldplay, y mil más.
Se iba entonces uno al almacén del sector y preguntaba, y lo miraban raro a uno y lo mandaban al fondo, a la derecha, y encontraba uno tal cantidad de discos y proyectos marcados con la letra K y dos o tres dígitos, que presa uno del mareo que provocan las cosas descomunales, regresaba al frente y preguntaba por el último disco de Fórmula V.
Y esperaba uno varios años, con la certeza conocida de que el tema era complicado y que de seguro la mayoría de su música, la del niño