Agenda Cultural UdeA - Año 2006 MARZO | Page 38

ISBN 0124-0854
N º 119 Marzo de 2006
Mozart, era algo así como el último hit bailable de la o las cortes centroeuropeas de hace 250 años. Entonces, cualquier día venía uno que había recorrido más que uno, y le decía que había que escuchar la música de cámara del Mozart, y uno siendo medio snob, iba y la escuchaba. Desconfiado y asustado, pero inquieto al final, y ocurría el milagro: de repente aparecía en el ambiente el sonido justo, la melodía elaborada y precisa, la combinación perfecta de grupos variables de instrumentos, de tiempos llevados magistralmente, de sonidos preciosos que se meten en todos los recovecos de la cabeza y nada ocupa en realidad. aparecía en letras de molde frente a los CDs que se conseguían lentamente, pianistas japonesas( Mitsudo Uchida), o pianistas serios y reposados, profundos virtuosos del tema como Alfred Brendel; y entonces se presentaba el torbellino de lo que de seguro fue la vida del genio: los conciertos para instrumentos de cuerdas de toda pelambre, las sinfonías maravillosas, los dúos para piano y violín que recuperaron Isaac Stern, y otros tantos, los tríos maravillosos del Grumiaux, o las exquisitas versiones del San Martin on the Fields, y al final, lo más difícil, la prueba final: sentarse y escuchar la obra coral, las pasiones o el réquiem, que nadie acaba de definir, y todos se inclinan reverentes.
Y además de eso, de la figura heredada de la película emerge el niño excepcional, el que se reía con risa loca, el que escribía sin tachaduras sus partituras y se emborrachaba en la peor fonda de la ciudad, el que se enfrentó a todos y a todo con la inútil fortaleza de su ingenio, el que sabía de sus capacidades que nunca se agotaron, que le fueron fieles en su tránsito de niño genio a adulto precoz superdotado, y que le dieron la profundidad, que resulta irresistible para aquellos que tarde o temprano acaban hechizados por su música.
Y claro, había que pasarse a los conciertos
para uno o unos pocos instrumentos, y