ISBN 0124-0854
N º 120 Abril de 2006
Goethe y su época, o más bien, ― la época de Goethe ‖. Bien: se puede y debe agregar que la analogía goetheana – entre la historia de Alemania y la biografía de su gran poeta— hace pensar en un sentido propio esta relación de la que él mismo es plenamente conciente. Su época no sería la misma sin él. Goethe es el filisteo, el hombre metamorfosis, el olímpico, el primer ministro del minúsculo principado de Carlos Augusto, el autor alocado del mórbido Werther, el autor de una polémica Teoría de los colores, el esposo de la equívoca ― morcilla regordeta ‖— como era tratada por Bettina von Brentano, con esa sutileza con que se tratan a veces las mujeres— Christiane Vulpius, el padre poco afortunado del desdichado Augusto, el enamorado impenitente( consumado bailarín y conversador de salón y taberna), el distante hombre de corte, el nada generoso y solidario con Hölderlin o Lenz, el amigo afortunado de Schiller— quién se benefició más en esta íntima amistad intelectual se continúa preguntando la posteridad—, el exponente máximo de la ― novela de formación ‖ con el ciclo del Wilhelm Meister. Goethe es el Proteo, el camaleón, el poeta, el hombre de ciencia, el coleccionista, un decidido promotor teatral, el viajero por Italia, el anciano venerable que se sabe dueño de un destino ejemplar; un hombre ebrio hecho de la madera de los dioses. ― Punctum ‖( Th. Mann).
Goethe fue testigo de excepción y al tiempo configurador de una dimensión inusual en la historia de su época. Ejerció una influencia rica y, en algún modo, paralizadora y proyectó una sombra, benéfica y a la vez perjudicial, desde su estatura de gigante, a toda Europa, y muy particularmente a la cultura alemana posterior. No se puede imaginar a Alemania sin Goethe— es su Dante, su Calderón, su Shakespeare, su Racine en una sola pieza—; es preciso considerarlo, como lo hace el ensayista mexicano Alfonso Reyes, como ― el último clásico ‖ 1 de la cultura occidental. No es fácil para una cultura— menos para la alemana— tener como herencia el legado literario goetheano y haber querido, en un siglo que parecía demandar una versatilidad comparativamente menos gravosa, cultivarse