Agenda Cultural UdeA - Año 2004 NOVIEMBRE | Page 30

ISBN 0124-0854
N º 105 Noviembre 2004 u oración nocturna. Esas preces, especialmente largas y entrecortadas de pausas, comprenden en el rito chafai, predominante en Egipto, veinte arracas, después de las cuales los almocríes recitan azoras del Corán. Algunos fieles permanecen incluso una parte de la noche en el templo para meditar en él hasta la oración del alba y escuchar la salmodia del Libro revelado. Las mezquitas de El Cairo no son simples lugares de oración y retiro espiritual: cumplen igualmente funciones de club social, escuela, sala de lectura, recreo o descanso. A diferencia de las iglesias, frecuentadas únicamente para las misas y rezos, albergan día y noche a una abigarrada multitud de fieles absortos en toda clase de ocupaciones. En El Azhar y Asr ibn El Asi-la aljama más antigua de África, situada junto a las ruinas de Fustat-, grupos de niños siguen curso de idiomas, matemáticas, geometría y gramática enseñados gratuitamente por jóvenes piadosos. Los adultos oran o platican en cuclillas, recitan aleyas frente al mihrab, duermen a la sombra grata de las columnas una atmósfera sosegada y amena, matizada por las risas de los chiquillos y la lectura melódica de los almocríes. En el patio central, los empleados del templo disponen los calderos de comida, jarras de agua y rimeros de escudillas del iftar: es la maidat Rahmán o Mesa del Misericordioso en la que, concluida la oración del crepúsculo, las mezquitas distribuyen alimentos a los menesterosos. La ceremonia, sencilla y digna, se repite en
centenares de puntos de la capital y compite en solidaridad con las aljamas y oratorios, numerosos comerciantes y familias colocan sus propias mesas en las aceras o ponen vasijas y vasos a disposición de los sedientos. El espectáculo de El Cairo al atardecer, a medida que se aproxima la hora del tftai; es inolvidable. Las calles, habitualmente bulliciosas, se vacían poco a poco, como si una amenaza nuclear o epidemia misteriosas hubieran puesto a sus habitantes en fuga. El tráfico endiablado amengua y los choferes conducen de prisa, ansiosos de llegar a sus casas. Los motores de algunos vehículos se inmovilizan en medio de las autovías, como vencidos también por el sopor y el cansancio. Durante un lapso se oye tan sólo el rezo del Corán, transmitido desde los altavoces a una ciudad aparentemente dormida. Los escasos peatones se apresuran con sus compras mientras que los dueños de cafés y figones de los barrios populares distribuyen platillos de dátiles y ensalada sobre las mesas de los clientes a quienes la ruptura del ayuno pilla de viaje o lejos de sus domicilios. Son minutos de espera y ansiedad contenida, al acecho del altavoz de la aljama. Sir Richard Burton, el traductor de Las mil y una noches, nos resume así sus impresiones hace más de un siglo: " la gente empieza a asomarse a ventanas y balcones, para otear el instante de su liberación. Hay quienes rezan o pasan las cuentas de sus rosarios; otros matan el tiempo reunidos o de visiteo. iAleluya! El cañón de la Ciudadela retumba al fin y, simultáneamente,