Enttre esos extremos nos he mos movido las mujeres desde hace siglos; pareciera que tuviéramos que elegir entre ser una u otra. Sin embargo, elegir es perder porque nos ubica en alguno de los extremos y de paso nos lleva a desconocernos en lo distinto que también somos.
Dama con abánico. Alexander Roslin. Museo Nacional Estocolmo
ISBN 0124-0854
N º 76 Marzo de 2002
Ni putas ni santas...
Luz Marina Restrepo U *
Un recuento de cómo la mujer ha tenido que elegir dolorosamente entre dos falsos extremos, cuando se trata en realidad de una misma condición humana, tal como manifiesta la palabra.
Enttre esos extremos nos he mos movido las mujeres desde hace siglos; pareciera que tuviéramos que elegir entre ser una u otra. Sin embargo, elegir es perder porque nos ubica en alguno de los extremos y de paso nos lleva a desconocernos en lo distinto que también somos.
Ni putas ni santas, ni víctimas ni verdugos, tan solo sujetos atravesados por la palabra, herederas de culturas milenarias, capaces de lo mejor y también de lo peor, pero siempre con la posibilidad de elegir ser nosotras mismas a pesar de las dudas, los fracasos, los dolores, las alegrías y las esperanzas.
Desde la antigüedad la mujer ha revelado esa doble condición, ya se trate de la mitología griega, egipcia, escandinava o americana; la mujer ha sido madre dadora de vida, protectora, amante incondicional;
pero también ha sido furia desatada, vengadora implacable y mortífera enemiga.
Hay varios casos clásicos dignos de considerar, pero entre ellos sobresale el de Medea; ella es la amante incondicional, que no repara en sacrificios para ver triunfante a su héroe, pero, en cuanto comprueba la traición del amado, su odio alcanza límites inimaginables. Ella es la mujer, la hechicera; la madre y la amante, donde el amor y el odio se enlazan confundidos entre palabras de reproche, lágrimas y muerte.
El bien que se torna en mal; el mismo mal que siempre ha ocupado el corazón de la humanidad. Al final del texto de Eurípides surge la apuesta que intenta reconciliar ambos extremos, que hace ver que ambas son caras de la misma moneda, gracias a lo cual queda flotando una pregunta en el aire: ¿ Medea es verdugo de sus hijos o es víctima de su amor?
Pero la lista no se agota con Medea, quizás con ella solamente comience parte de nuestra tragedia cotidiana. Aún nos llegan ecos de Leonor de Aquitania, que en los comienzos de la Edad Media se hizo a un nombre respetable gracias a sus infortunados amantes. Tampoco son despreciables las torturas que utilizó la“ Condesa sangrienta”, Erzébet Bathory