Agenda Cultural UdeA - Año 2002 JULIO | Page 28

ISBN 0124-0854
N º 80 Julio de 2002 la comisura de la boca en sucesión rápida de chupeteo y escupitajo, que puso incómodo a su interlocutor a juzgar porque trató de separarse hacia un lado.- La propuesta es sencilla: como el tejido exige gran presteza y manos pequeñas, hemos pensado en una intervención quirúrgica elemental, que consiste en amputar dos falanges de los dedos cuarto y quinto, para que el asa sea manejada con entera eficacia y el tejido mantenga la gracia del detalle que ha caracterizado a los tejedores de esta provincia. Creo que no es mucho pedir, tratándose de una mujer cuya labor ante nuestro profeta es servir de forma sublime y sumisamente. Es el privilegio que le tenemos reservado. El hombre tiró la frase como quien arroja un trozo de carne a la jauría hambrienta y con paciencia casi mística se sentó en el piso y esperó el impacto de su propuesta. Le había sido encomendada esta misión, tenía que reclutar por lo menos cincuenta o sesenta tejedores menores, y la respuesta del padre de Kabil encerraba el promedio de lo que contestarían y cómo procederían los demás padres de una provincia empobrecida y plena de niños, potenciales tejedores hasta edad muy avanzada si se cristalizaba el proceder en mención y se hacía de ello una conducta permanente. Kabil parpadeó sin comprender muy bien qué iba a pasarle, pero pensó que no era nada bueno carecer de una parte de su cuerpo; claro que si un día tal vez la pudiera tener de nuevo, sería maestra más tarde. No había oído de nadie que careciera de dedos y fuera una buena maestra.-Señor Kandar, déjeme pensar su proposición y luego le tendré una respuesta-espetó el padre de Kabil.-Lo siento, hombre, tenemos muchos aldeanos en mente para realizar nuestro plan y estamos seguros de que aceptarían gustosos los mil afgani que pagamos por permitir a sus hijos el honor de pertenecer a nuestra organización. ¡ Mil afgani! Todo lo que tendría que trabajar para conseguirlos, pensó el padre de Kabil, no los dejaría escapar por nada de este mundo. Ya se arreglaría con Kabil, esa muchachita tan despabilada e inconforme con sus decisiones siempre, ya vería cómo se obedece. En el Islam, se dijo, no hay nada al azar, por algo Alá había puesto a este hombre en su camino.
Ojos codiciosos, boca codiciosa, alma codiciosa, y arrastró a la chica de un brazo tocando las agujas en la bolsa y empuñando cantidades de semillas de cardamomo. Cuando se distanciaron del camión, alcanzaron a divisar una muchedumbre apretujada que caminaba hacia el vehículo, padres y madres zarrapastrosos con sus chicos pequeños de la mano, alentados por los ayudantes de los mercaderes que palmeaban tratando de organizar semejante barahunda y poniéndolos al frente con el señor Kandar, que se disponía a repetir la propuesta hecha al padre de Kabil hasta reclutar los chicos necesarios para consumar su cometido. Kabil arrastraba los pies sobre el polvo mientras el padre, a puerta cerrada, en medio de la miserable estancia de dos piezas-una que servía de cocina y la otra un poco más amplia apisonada de madera vieja y crujiente que servía de dormitorio y comedor a la vez-, discutía los pormenores del asunto que lo tenía maravillado:-Mujer, sólo tenemos que darle las gracias a Alá por enviarnos tan soberana merced. Kabil tendrá trabajo para siempre y podremos irnos a una peregrinación demostrando fidelidad a nuestro profeta.-Creo que la niña a sus doce años tiene ya pensado su destino: quiere ser maestra...-dijo la mujer sin mirarle a los ojos El hombre se encolerizó y casi botando chispas por los ojos le gritaba salivando abundantemente:- ¿ Qué? ¿ Crees que mil afgani los encuentras detrás de la puerta? Son un privilegio que nos permitirá vivir holgadamente. Además, quién dijo que daré mi permiso a Kabil para que se vaya de la ciudad, aquí tendrá que quedarse a cumplir mis órdenes y las que Alá tiene reservadas para las mujeres. Y si estamos hablando del asunto, sólo es para informarte que mi decisión está tomada y nada me moverá de ella. La mujer adiestrada en la obediencia bajó la cabeza, cubierta con la burka que sólo permitía mirar las chispas de los ojos a través de un enrejado denso, mientras extendía la masa de trigo que sería la sobria cena. Golpeaba con furia incontenible el rodillo y miraba de reojo al desgraciado de su marido, mientras su corazón se rompía al pensar que el sueño roto de Kabil era su mismo sueño: