Agenda Cultural UdeA - Año 2002 FEBRERO | Page 26

ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002
Platón expulsó de su ciudad ideal toda aquella belleza que alejara a los hombres de la perfección moral. El arte y quienes lo cultivan causan prevención entre los moralistas; la belleza es efímera, engañosa, variable. Atrae a los hombres con una fuerza que la razón no puede combatir. Al igual que los lazos familiares o nacionales, tiene un arraigo, una identificación con los sentimientos del individuo, que ningún razonamiento, por elevado y certero que sea, puede vencer. El hombre es un animal simbólico, y esos símbolos que orientan su vida y sus veneraciones carecen de racionalidad, son hijos del instinto, de los sueños, temores y angustias particulares de cada uno. Es ese el factor con el que nunca cuentan los utopistas: que cada hombre es un fin en sí mismo, un pequeño mundo – insignificante, sin duda – pero con vida propia, que busca sus fines particulares ante todo. Su actuación no la
rigen altos imperativos morales, más bien suele ser ciegamente egoísta y sensual. Pero es la satisfacción de esas necesidades la que labra su felicidad particular, y no el logro de un tipo humano superior que nunca llegará. La principal característica de la vida es el cambio, la movilidad y la caducidad de todo lo que en ella se desenvuelve; pretender llegar a un tipo definitivo de sociedad, de hombre, de moral, es un imposible, un atentado contra la lógica. Ya lo dice el viejo Heráclito: " Desperdicios sembrados al azar, el más hermoso orden del mundo ".