ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002
Las exigencias de la nueva ciudad difícilmente las puede aguantar el nuevo hombre, aunque haya sido concienzudamente preparado para ello por los filósofos. En la naturaleza humana pesan siempre unas pulsiones y unos instintos que contradicen los preceptos de la razón, que nos hacen imprevisibles para nosotros mismos. Los ciudadanos de Crotona no aguantaron a los pitagóricos y se sublevaron contra ellos. Los colonos de la Icaria de Cabet expulsaron a éste de la comunidad ideal, que él había planeado hasta en sus últimos detalles. En Norteamérica todavía quedan restos de los falansterios fourieristas, con sus grandes salas de reuniones y sus talleres cubiertos de maleza y herrumbre. Los intereses particulares derrotaron los anhelos de reconstruir el comunismo originario. Pero ya Marx – ese antiutopista que originó el mayor intento utópico de la historia – demostró que no se podía crear una sociedad al margen del movimiento de las fuerzas productivas, que el experimento sería devorado por la realidad circundante.
Tanto Marx como Bakunin bebieron en las fuentes del hegelianismo hasta emborracharse de dialéctica. Apenas hicieron el menor caso de Stirner, quien sostuvo la primacía del individuo sobre toda forma social, llegando a defender la necesidad del crimen como afirmación de la libertad suprema de la persona. Se trataba de construir una sociedad nueva, ya fuera por medio de la necesaria evolución del sistema productivo, ya como consecuencia de una revolución violenta que destruyera hasta los cimientos del orden anterior. La vía de Bakunin y Nechaiev, la del crimen y la subversión instintiva, acabó por degenerar en el terrorismo, la más ineficaz de las armas políticas. Dostoievski en Demonios – su gran libro político – nos plasma la miseria de tal modo de actuar.
El resultado es siempre el mismo: una sociedad inhabitable, un reparto de la miseria entre los hambrientos, un orador arengando junto al patíbulo. Cuando el poder absoluto se utiliza para defender los principios más excelentes, acaba por asomar la tiranía. El hombre no es un ser moral ni un ente razonable. Tras setenta años de ateísmo, la religión renace en el antiguo paraíso en la tierra.
Tras setenta años de internacionalismo, estallan luchas tribales en la ex – patria de los proletarios de todo el mundo. Tras setenta años de humanismo progresista, el relato escalofriante del gulag ruso, de los genocidios maoístas y de las purgas de disidentes. Tras cuarenta años de dictadura del proletariado en Polonia, los obreros del metal causan la ruina del régimen con sus protestas. Nada ha cambiado desde que el pueblo de Crotona asesinó a los pitagóricos quemándolos vivos en su templo. Cuando Petronio, siglos después, vuelva a mencionar a Crotona, ésta será una decadente ciudad dedicada a la caza de herencias, sumergida en la vida cotidiana y sin historia, aquella en la que parece residir el secreto de la felicidad.
El azar y la necesidad