Agenda Cultural UdeA - Año 2002 FEBRERO | Page 24

ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002 decían los cristianos primitivos. Expresaban su rechazo a todo lo que de tentador
guardaba su tiempo. Así, los eremitas huyen de un mundo insoportable y se encierran en la Tebaida para vivir aparte de las tentaciones, pese a que éstas les persiguen hasta las cuevas del desierto y les perturban las vigilias con las formas alabeadas de una diablesa, los élitros de algún monstruo del Bosco o las visiones del ultramundo hábilmente fingidas por el maléfico. Ya dijo el más grande de todos los utopistas que su reino no era de este mundo, condenado al cambio, a la extinción, a que todo su esplendor se convirtiera en vanidad de vanidades.
¿ Libertad para qué?
Si hay algo que sobra en toda sociedad utópica es el individuo, la persona. En una comunidad perfecta nadie puede disentir de los principios básicos,
y el que lo hace es un elemento dañino que merece ser excluido y exterminado. Si la verdad y la bondad son patrimonio del Estado, nadie puede oponerse a él, encarnación de los más nobles ideales.
Hay que rehacer la creación o renegar de ella, pero nunca aceptarla tal y como es, burlona y enemiga de las definiciones, ajena a toda idea moral. El hombre, la criatura para la que se supone que este mundo existe, debe cumplir los requisitos que la nueva ciudad exige. Unos buscarán su modelo en el primitivo, en el Adán inquilino del paraíso, en el buen salvaje rousseauniano. Otros, en algún modelo de hombre futuro, producto de una sociedad plenamente racional, políticamente correcta.
Para crear este ser único, hay que empezar por educarlo en principios acordes con su naturaleza y abolir de su alma el error, fuente de todo mal. Platón destierra a los poetas de su ciudad porque sus creaciones son engaños. Y de los más peligrosos, porque prestan el encanto de la belleza y de las formas agradables a la perversidad. Se hace, pues, necesario controlar las manifestaciones artísticas y hasta las gimnásticas. La sociedad perfecta no puede permitir que el hombre redimido caiga en los pecados de la vieja especie. Para ello, es necesario que se vigile y se persiga al infractor de la norma, al incrédulo, al reaccionario, al inmoral. Si hay algo que sobra en toda sociedad utópica es el individuo, la persona. En una comunidad perfecta nadie puede disentir de los principios básicos, y el que lo hace es un elemento dañino que merece ser excluido y exterminado. Si la verdad y la bondad son patrimonio del Estado, nadie puede oponerse a él, encarnación de los más nobles ideales.
Entonces, cuando suenan las voces discordes, cuando ni los propios guardianes de la ortodoxia se ponen de acuerdo, suele llegar la hora de la violencia, de las purgas, de que la revolución devore a sus hijos. Y lo hace sin piedad, justifica con las palabras más bellas atrocidades peores que las que reprochaba al viejo orden. Así han acabado los Danton y los Robespierre, los Trotski y los Bujarin.
El infierno redentor