ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002 generales, son las feministas quienes leen las utopías feministas, y son los ecologistas quienes leen las utopías ecológicas. El debate se mantiene dentro de círculos cerrados; sólo rara vez, como en la época de algún desastre ambiental, afectan la conciencia general de la sociedad. Esto es lo que da su fuerza a la idea de que, pese a la persistencia del utopismo popular y al atractivo de la utopía para grupos particulares, la utopía es, en general, una fuerza ya agotada en Occidente. Pero esto sólo sirve para subrayar la posibilidad de que, ocurra lo que ocurra en Europa occidental y en América del Norte, las cosas acaso parezcan muy diferentes en todo el resto del ancho mundo.
Y, en efecto, si vemos más allá de los confines de Occidente, podremos inclinarnos a pensar que la utopía ha resurgido en toda su potencialidad y es demasiado pujante. Desde luego, no nos estamos refiriendo aquí a la utopía en toda forma que se ha escrito en Occidente desde los tiempos de Tomás Moro( y que, creo yo, es esencialmente una cosa occidental o europea). Pero si la utopía abarca, como tan a menudo lo ha hecho en la historia, planes de reconstrucción o de regeneración total, entonces es muy clara la prueba de su continuada vitalidad.
Hasta en ciertas partes de Europa, en sus regiones central y oriental, parecen estar floreciendo formas utópicas. El mundo ex comunista ha sido el que más alto ha proclamado " la muerte de la utopía "; al mismo tiempo, ha estado reinventándola, con toda rapidez. Intelectuales de la Europa central como Milán Kundera y Georgy Konrad han hecho resurgir el sueño de Mitteleuropa: considerada no, como en algunas de sus expresiones anteriores, cual teatro de ambiciones alemanas, sino como una civilización y un modo de vida diferentes y más atractivos que los de Oriente u Occidente. Les gustaría ver esto como el destino futuro de la Europa central, ahora que se ha liberado de los grilletes del régimen soviético. A los centroeuropeos les gusta subrayar su tradición de escepticismo e ironía, su desconfianza de todo pensamiento utópico. Y no estaremos negando lo anterior al decir que, como es común entre otros fervientes antiutopistas, han elevado las cualidades antiutópicas de la cultura centroeuropea a la calidad de utopías.
Por su parte, los anteriores amos, los rusos, han estado recientemente elaborando sus propias utopías para remplazar la difunta utopía del comunismo. Adoptan éstas toda una variedad de formas, pero en su mayor parte están basadas en la tradición de pensamiento que subraya la unicidad de Rusia, su historia distintiva en comparación con la de Occidente. Van desde el llamado de Alejandro Soljenitsyn a retornar a las instituciones y prácticas de la Rusia de finales del siglo XIX, pasando por varios resurgimientos de ideologías populistas y eslavófilas, hasta las encendidas demandas nacionalistas de una regeneración de Rusia, en la que se sigan los lineamientos de la ortodoxia y del Imperio. Más concretamente, ha habido ciertos movimientos basados en la idealización de grupos y prácticas especialmente valuados, o simbólicamente importantes, como en el apoyo popular al resurgimiento de la cultura cosaca de la Rusia meridional.