Agenda Cultural UdeA - Año 2002 FEBRERO | Page 21

ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002
En el resto del anterior Imperio soviético ha habido lo que podríamos llamar explosión de una de las formas más poderosas del utopismo contemporáneo, a saber: el nacionalismo mesiánico. Éste se ha combinado, a menudo, con la otra manifestación contemporánea universal de utopismo: el fundamentalismo religioso. En ambos casos, el utopismo está siendo alimentado, como tantas veces ha ocurrido ya, por el milenarismo. Los fundamentalistas nacionalistas y los religiosos por igual afirman que el triunfo de sus metas conducirá a la liberación y la regeneración totales de sus sociedades. El Islam resucitado, tanto como el hinduismo fanático, ven en el regreso a la religión la solución a todos los males que afligen a su pueblo. En los Balcanes, en el Medio Oriente y en el sur de África, el nacionalismo ofrece una visión similar de un pueblo culturalmente purificado y
liberado de una dominación ya antiquísima.
El nacionalismo y el fundamentalismo religioso también encuentran expresión en el Occidente contemporáneo. Pero, hasta hoy, no han convulsionado a sociedades enteras, como lo han hecho en otras partes y como lo hicieron en el pasado en el propio Occidente. También aquí se revela el actual desencanto occidental con la utopía. Las poblaciones occidentales suelen desconfiar de los planes que prometen soluciones totales. La experiencia de los movimientos nacionalistas y fundamentalistas sugiere que esta reacción cautelosa no es infundada.
Pero esto no debe cegarnos ante la fuente del atractivo de tales movimientos. Aunque sea en forma peligrosa, expresan ese anhelo de una visión que ha sido característica primordial de prácticamente todas las sociedades humanas hasta el presente. El caso aberrante es
la sociedad occidental, no el resto del mundo. La hostilidad a la utopía en este siglo ha hecho casi imposible ofrecer, en los niveles más altos de cultura, visiones de la sociedad buena y de la vida buena. No sólo se trata de que escribir hoy una utopía sea provocar risas y burlas. Es algo más importante: todo lo más fuerte y mejor de la cultura occidental contemporánea va contra ella.
No deseo defender todo lo que se ha hecho en nombre de la utopía. Pero creo que muchos de los ataques contra ella interpretan erróneamente su carácter y su función. Como he tratado de sugerir, la utopía no trata principalmente de ofrecernos planes detallados de reconstrucción social. Su preocupación por los fines trata de hacernos pensar acerca de mundos posibles. Trata de inventar y de imaginar mundos para nuestra contemplación y nuestro deleite. Abre nuestro criterio ante las posibilidades de la condición humana.