ISBN 0124-0854
N º 85 Diciembre de 2002
Petia sale corriendo, se detiene a la distancia y se queda mirando el rostro convulsionado de su padre.
Sus grandes ojos relucen, luego se llenan de lágrimas y hace un puchero.
–¿ Por qué me regañas? – chilla con voz aguda –. ¿ Por qué me molestas? ¡ Estúpido! Yo no hago travesuras, obedezco siempre y encima me gritas. No debes regañarme.
El tono del niño es muy firme y llora con tanta tristeza que Zaikin se conmueve.
" Tiene razón – razona –; descargo mi furia en él."
–¡ Basta, basta! Vamos, Petia – responde, mientras le pone la mano en el hombro –, yo tengo la culpa; discúl ¬ pame. Eres un buen chico y te quiero mucho.
Petia se seca las lágrimas con la manga, vuelve a ocupar su sitio. Y con un suspiro, reanuda su tarea de recortar la sota. Zaikin se marcha a la sala, se recuesta en el sota y se pone a meditar con las manos debajo de la cabeza. Las lágrimas del niño sirvieron para que calmara sus nervios, y también su hígado dejó de dar molestias. Ahora lo que siente es hambre y cansancio.
–¡ Papá! – grita Petia desde el otro cuarto –, ¿ te muestro mi colección de insectos?
– Sí, tráela.
Petia entra y enseña a su padre una caja verde y alargada. Zaikin oye una especie de zumbido lejano y el rascar de las patitas por las paredes de la caja.
Al levantar la tapa ve una gran cantidad de mariposas, escarabajos, grillos y moscas clavados con alfileres. Todos, salvo dos o tres mariposas, están vivos, pero moribundos.
– El grillo aún está vivo – comenta Petia asombrado –; lo capturamos ayer y hasta ahora no se ha muerto.
–¿ Quién te enseñó a clavarlos así? – pregunta Zaikin.
– Olga Cirilovna.
–¿ Qué le parecería que la clavaran a ella misma así? – comenta Zaikin con repugnancia –. ¡ Llévatelos! ¡ Es inhumano hacer sufrir a los animales!
"¡ Dios mío, qué mal criado está!", piensa Zaikin cuando Petia desaparece.
Povel Matreievich soslaya el cansancio y el hambre que siente y se concentra en imaginar el porvenir de su hijo. Mientras tanto, la luz del día se apaga lentamente; se escuchan las pláticas de los grupos de veraneantes conforme regresan de los baños. Alguien se planta frente a la ventana abierta del comedor y ofrece: "¿ Desea usted setas?" Como nadie contesta, después de un rato se oye el rumor de unos pies descalzos que se alejan... Por fin, cuando la oscuridad casi ha caído por