ISBN 0124-0854
N º 81 Agosto de 2002
Aún más ominosamente, Le Pen ha invocado la idea de la aptitud atlética racial para justificar una jerarquía racial que subordina a los negros. Le Pen ha declarado que él cree en « la desigualdad de las razas ». La Historia ha demostrado, dice él, que las distintas razas « no tienen la misma capacidad evolutiva ». Los Juegos Olímpicos de 1996, por ejemplo, mostraron que « existe una desigualdad obvia entre las razas negra y blanca ». El periódico neofascista Rivarol se burla de la idea de que el fútbol en Francia podría volverse un « fantastique laboratoire d’ intégration.».
La simplista teoría racial de Le Pen, de corredores negros y nadadores blancos genéticamente programados, es un ejemplo de cómo el deporte multirracial ha dado nuevos aires a la antropología racial del siglo XIX. Como Franz Fanon acotaba en Piel negra, máscaras blancas( 1952), el racismo occidental siempre ha identificado, al más alto grado, a las personas negras con sus cuerpos. Por esta razón, los estereotipos de la superioridad atlética negra se han establecido firmemente como la más reciente versión de un folklore racial que se ha
Pelé en Acción( Tomado de: Revista Olímpica XXVII-41)
extendido sobre la faz de la Tierra durante los dos últimos siglos. Al mismo tiempo, la creencia correspondiente en la inferioridad atlética blanca penetra el pensamiento popular sobre las diferencias raciales. Probablemente ideas así hacen más que cualquier otra cosa en nuestra vida pública para animar la creencia de que los negros y los blancos son biológicamente diferentes de manera significativa. Pensadores raciales conservadores como Charles Murray y Dinesh D’ Souza han clamado que la superioridad atlética del negro es evidencia de diferencias raciales más profundas, y no se sabe cuántas personas, negras y blancas, pueden estar de acuerdo con ellos.
Detrás de su fachada cosmopolita, el deporte multirracial en la Edad de la Globalización retiene varios rasgos coloniales: un predominio de administradores blancos, el énfasis en lo físico de la raza negra, un monopolio blanco
en posiciones de liderazgo( entrenadores y gerentes), y la dominación blanca de los medios de comunicación y de la tecnología. Pero peor que todo esto es que existe hoy lo que un funcionario deportivo italiano ha llamado « un nuevo mercado de esclavos »: la importación en Europa de centenares de adolescentes africanos negros como materia prima para ser probada, entrenada y a menudo desechada, por los equipos de fútbol profesional europeos. Ante esto, no es ninguna sorpresa que los estereotipos sobre « la personalidad africana » prosperen en este entorno. El corredor español Martín Fiz dice que los maratonistas africanos que tanto éxito han tenido corren « demasiado anárquicamente », mientras que el preparador alemán Dieter Hogen afirma que deberían aprender a correr pacientemente. Del equipo de fútbol nigeriano, un comentarista deportivo británico comenta que « tiene la fuerza, la habilidad y el valor que compensan la desorganización africana ». En lugar de neutralizar tales ideas, el mundo de los deportes multirraciales actúa como un megáfono que amplifica y transmite este tipo de folklore racial a un público