Agenda Cultural UdeA - Año 2000 MARZO | Page 7

ISBN 0124-0854
N º 54 Marzo de 2000 conciencia de desprecio e indiferencia( y silencio y negligencia y desconocimiento) para regalamos una fugaz mirada, puede ser este el momento apropiado para reconocer que cuando un arte no le sirve a nadie ni provoca ningún interés, ese arte, por más prestigio poético que posea, debe desaparecer. Y piensa uno en la pregunta de Moisés Pérez Coterillo, si acaso los hombres de teatro no estamos empecinados en laborar un arte que corre el riesgo de quedar al nivel de los afiladores de cuchillos o de los viejos organilleros.
Tratando a veces de no quedar en un plan dinosáurico, el movimiento teatral ha perfilado su ejercicio por unos vericuetos azarosos tal vez procurando convencerse de su utilidad social. De este modo hemos visto sometidas las formas teatrales a planes cívicos y sociales, que en una gran parte terminan por comprometer a hombres y colectivos, y los convierte, por obra y gracia de la sobrevivencia, en
organismos de socorro. El teatro para la paz, el teatro ecológico, el teatro de acción social, peligrosos asomos fronterizos con la recreación, la pedagogía y la catequización.
Lo que está claro es que un teatro popular puede serlo en la media en que adopta formas de representación herederas de una tradición comunitaria y por los mismos contenidos éticos y filosóficos; pero es dudoso, como se quiere creer a veces, que un teatro justifique su validez social por participar en programas contra la drogadicción, en concienciar sobre la tala de bosques, o en ayudar a erradicar los cultivos ilícitos, mucho menos cuando cumple una labor de beneficencia aupada por organismos internacionales y su mirada paternalista sobre el“ tercer mundo”.
El teatro como rito, como punto de encuentro de la sensibilidad, la inteligencia y la diversión, el teatro como ámbito de estremecimiento, el teatro como estética, ajeno al propósito inmediato, se ha vuelto minúsculo frente a un entorno monumental, gigantesco: el cine, la televisión, los shows musicales, los eventos deportivos. La
Lo que está claro es que un teatro popular puede serlo en la media en que adopta formas de representación herederas de una tradición comunitaria y por los mismos contenidos éticos y filosóficos, pero es dudoso, como se quiere creer a veces, que un teatro justifique su validez social por participar en programas contra la drogadicción, en concienciar sobre la tala de bosques, o en ayudar a erradicar los cultivos ilícitos, mucho menos cuando cumple una labor de beneficencia aupada por organismos internacionales y su mirada paternalista sobre el“ tercer mundo”.