Agenda Cultural UdeA - Año 2000 DICIEMBRE | Page 12

ISBN 0124-0854
N º 63 Diciembre de 2000 entre ellas, la Polonesa en la bemol mayor y el primer boceto de la futura Mazurca en la menor.
Chopin, más que un concertista profesional, era un pianista-intérprete de su propia obra. De Berlioz a Mendelssohn, todos coincidieron en elogiar las inauditas sonoridades que arrancaba al piano. Sonoridades que no impresionaban por la fuerza ni por el sonido, sino por los matices y por el contraste. Su técnica era tan delicada que la audición de sus interpretaciones se hacía altamente exigente para el público; pues se podía confundir, como algunas veces ocurrió, la sutileza intencionada de su magistral intervención, con ausencia de vigor físico a causa de la enfermedad que padecía.
En 1830 viajó de Varsovia a Viena, sin saber que al estallar la insurrección del 29 de noviembre, en la época de la opresión rusa sobre Polonia, se cerraban para él todas las posibilidades de regresar. Y, realmente, nunca lo hizo; los recuerdos y la nostalgia del no retorno se sintieron en su obra musical y en su vida personal.
En París, a partir de 1831, llegó la consagración definitiva. Allí se convirtió en el centro de la atención europea, y fue acogido, con respeto, por personajes tan ilustres como Berlioz, Hiller, Pleyel y Liszt. Tres mujeres hicieron parte de la vida amorosa del compositor: Constanza Gladkowska, con quien compartió escenario, en 1830, en un concierto que ofreció en la ciudad de Varsovia, antes de su segunda partida definitiva de la ciudad; de ella, poco relata la historia.
María, la hija menor de los Wodzinsky, a quien conoció en una visita que hizo a
esta familia, en 1835. A ella dedicó el Vals, Op. 69 n. l El adiós, y un esbozo del Nocturno en mi bemol, Op. 9 n. 2. Al regreso de este viaje, Chopin conoció la noticia de la muerte de Bellini, a quien quería como a un hermano, hecho que produjo en él una profunda depresión y agravó su débil estado de salud. En 1836, el compositor pidió la mano de María. Aunque la familia accedió, la madre de la joven condicionó la relación, a que se hiciera pública solamente un año después; infortunadamente, durante ese tiempo, la salud de Chopin se deterioró considerablemente, y los Wodzinsky rompieron el compromiso para evitar que María se casara con un enfermo de tuberculosis.
Desolado, ese mismo año Chopin conoció a la que fue la mujer más importante de su vida, a la que lo amó y lo cuidó con adnegación, y a la que Balzac llamó“ la leona del Berry”; y era cierto: Aurora Dupin, más conocida como George Sand, seudónimo que utilizó para ganarse un espacio en el universo literario reservado, en ese período, exclusivamente para los hombres, era una fuerza animal, una criatura poderosa e indómita. Y, aunque, al principio Chopin sintió una fuerte aversión por ella, terminó perdido en“ una mirada ardiente que [ le ] volaba el corazón”. George Sand escandalizó a la sociedad romántica de la época con sus costumbres poco conservadoras; se vestía de hombre para ahorrar dinero, vivía rodeada de jóvenes artistas y activistas políticos, asistía a teatros, discutía en tertulias literarias y socialistas, fumaba cigarrillos en los cafés, y bebía vino en estruendosas tascas. Así era Geoge Sand, una mujer seis años mayor que él, y con dos hijos: Maurice y Solange, con quienes el compositor compartió once años de su