ISBN 0124-0854
N º 46 Junio de 1999
Tomás Carrasquilla, acompañado de su hermana Isabel y del maestro Emilo Murillo, en la época en la que estuvo ciego y dictaba su novela Hace Tiempos
El ambiente bohemio y la familiaridad con los círculos intelectuales le permitieron a Carrasquilla incursionar en el periodismo, siendo colaborador y activo integrante del periódico El Espectador de Medellín, que luego tendría como sede la ciudad de Bogotá al mando de Fidel Cano y Luis Cano, lo que le permitió una segunda experiencia capitalina el día 15 de septiembre de 1914. Los siete años siguientes se dedicó en exclusivo a las actividades que fueron el acicate de su vida: leer, escribir y charlar. En el 20 de noviembre y el 11 de diciembre de 1920, en El Espectador de Bogotá publicó por entregas la novela Ligia Cruz, y en 1921, la novela corta El Zarco. Hacia 1926 estaba concluida la ya muy famosa y elogiada novela La Marquesa de Yolombó, que sería publicada en el mismo año. De esa novela, cuenta la
anécdota según la cual los familiares le recriminaron y estuvieron disgustados porque“ No me perdonan las vagamunderías de su abuelo tatarabuelo; no pueden perdonarme las palabrotas y pendejadas de mi mamita Luz. Ellos querían que yo los sacara tomando té, hablando en francés”. Hacia el final su vida y postrado en una silla de ruedas a causa de amputación de una de sus piernas, se le sumó la ceguera que le añadiría una mayor tribulación a su existencia. El 7 de octubre de 1928 dice:“ sigo lo mismo de tullido, de inválido, de fregado y de jodido”. Lo que más daño le causó indudablemente no fue la invalidez en todo el sentido de la palabra, sino la privación de la lectura. En esas tres décadas dictó su trilogía Hace tiempos, novela monumental y que aparecería en 1936. El 20 de junio 1934, le practicaron una cirugía de las cataratas que lo habían conducido a la ceguera, y recobró la visión del lado izquierdo. En pocas semanas podía leer y escribir.
Ante las advertencias de sus familiares reanudó su ocupación favorita y, sin embargo, haciendo caso omiso a los regaños, contestaba:“ no podía pensar en una mejor manera de perder la vista de un ojo que leyendo”. En 1934 aparecieron sus cuadros y crónicas tituladas Dominicales. No dejó de mostrar, inclusive días antes de la muerte, el 19 de diciembre de 1940, la audacia, el humor y la grata conversación que le fueron las más constantes características.
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