-¿Cómo se encuentra?
-Pues bien.
-Es que tiene usted un aspecto terrible.
Indiscutiblemente. Pero no peor que el de los demás miembros del KBI, los agentes
Duntz, Church y Nye. Desde luego, estaba él todavía en mejor forma que Harold Nye quien, a
pesar de la gripe y la fiebre, no dejaba de prestar servicio.
Entre otras cosas, estos cuatro hombres agotados habían tenido que «comprobar» algo
así como setecientos soplos y rumores. Por ejemplo, Dewey, había pasado dos largas y
postradoras jornadas tratando de seguir las huellas de aquel par de fantasmas mexicanos que
Paul Helm juraba que habían visitado a Clutter la tarde de su asesinato.
-¿Quiere otra taza, Alvin?
-Creo que no, gracias.
Pero la mujer tenía ya la cafetera en la mano:
-Obsequio de la casa, sheriff. Por la cara, parece que lo necesita.
En una mesa de rincón, dos braceros bigotudos jugaban a las damas. Uno se levantó y
se acercó a la barra donde Dewey estaba sentado. Le dijo:
-¿Es verdad lo que me han dicho?
-Depende de lo que sea.
-¿De ese tipo que pescaron? ¿El que andaba rondando por la casa de los Clutter? Que
fue él quien lo hizo. Eso es lo que me han dicho.
-Creo que le han dicho mal, hombre. Sí, eso creo.
Si bien el pasado de Jonathan Daniel Adrian, que estaba en la cárcel por tenencia ilícita
de armas, contaba con un período de tiempo de internación en el hospital psiquiátrico del
estado en Topeka, los datos recogidos por los detectives indicaban que, en relación con el
caso Clutter, él sólo era culpable de una inoportuna curiosidad.
-Y si no lo es, ¿por qué diablos no prenden al culpable? Tengo la casa llena de mujeres
que no se atreven a ir al retrete solas.
Dewey estaba acostumbrado ya a esta clase de insultos, era una rutina que formaba
parte de su vida. Se bebió la segunda taza de café, suspiró y sonrió.
-Carajo, que no le veo la gracia, ¿sabe? De veras, ¿por qué no arrestan a alguno? Para
eso le pagan.
-Refrena tu lengua -dijo la señora Hartman-. Navegamos todos en el mismo bote. Alvin
hace más de lo que puede.
Dewey le guiño el ojo.
-Y usted que lo diga. Y muchas gracias por el café.
El bracero aguardó hasta que su presa hubiera llegado a la puert a, entonces disparó a
modo de despedida la siguiente descarga:
-Si alguna vez se le ocurre volver a presentarse para que lo elijamos sheriff, olvídese de
mi voto. Porque no va a tenerlo.
-Refrena tu lengua -repitió la señora Hartman.
Entre River Valley y el Café Hartman había dos kilómetros y Dewey decidió hacerlos a
pie. Le agradaba caminar por los trigales. Un par de veces a la semana, acostumbraba a dar un
largo paseo por su terreno, aquel adorado trozo de pradera donde siempre había deseado
construirse una casa, plantar árboles y, con el tiempo, recibir a sus tataranietos. Ese era el
sueño del que últimamente su mujer se había despedido. Le había dicho que ella ya no quería
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