por Inés. Era «tan boba»... Creía de verdad que Dick quería casarse con ella y no tenía ni idea
de que pensaba marcharse de México aquella misma tarde.
-¿Te gusta, pequeña? ¿Te gusta?
-Por el amor de Dios, Dick -soltó Perry-. Apúrate, ¿quieres? Nuestro día termina a las
dos.
Era sábado. Se acercaba Navidad y el tráfico avanzaba pesadamente por la calle Mayor.
Dewey, atrapado en su coche levantó la vista para mirar las guirnaldas de acebo que colgaban
cruzando la calle, gala de colgaduras de verdor con campanitas de papel escarlata de adorno,
y entonces recordó que no había comprado ningún regalo para su mujer ni para sus hijos.
Automáticamente, su cerebro rechazaba todo lo que no estuviera relacionado con el caso
Clutter. Marie y muchos de sus amigos empezaban a preocuparse por su total obsesión.
Un íntimo amigo suyo, el joven abogado Clifford R. Hope hijo, le había dicho
claramente:
-¿Te das cuenta de lo que te ocurre, Al? ¿Te das cuenta de que no hablas de otra cosa?
-Claro -había contestado Dewey-. Es que no pienso en otra cosa. Y puede que,
comentando una y otra vez lo mismo, se me ocurra algo que antes no se me había ocurrido.
Verlo desde distinto ángulo. O quizá seas tú quien lo vea. Mira, Cliff, ¿te imaginas lo que
puede resultar de mi vida, si este asunto queda entre los «casos no resueltos»? Irán pasando
los años y yo iré siguiendo una y otra pista y cada vez que, en cualquier parte del país, se
cometa un delito que tenga algún punto en común con éste, alguna similitud, tendré que
volcarme en él para comprobar si existe alguna conexión. Pero no es sólo eso. La verdad es
que he llegado a conocer a Herb y a su familia mejor de lo que nunca se conocieron ellos. Su
memoria me persigue. Y diría que ya no dejará de ser así. Hasta que sepa lo que sucedió.
La total dedicación de Dewey a aquel rompecabezas la había convertido en una persona
de lo más distraída. Aquella misma mañana, Marie le había pedido por favor, por favor, sí...
por favor, que no olvidara... Pero no podía recordar de qué se trataba, o mejor dicho, ni se
acordó hasta que, librándose del tráfico de una jornada de compras y yendo por la carretera 50
hacia Holcomb a toda velocidad, pasó por delante del establecimiento veterinario del doctor I.
E. Dale. Pues claro. Su mujer le había pedido que sobre todo no se olvidara de recoger a Pete,
el gato. Pete era un gato macho atigrado, de más de siete kilos, personaje famoso en la fauna
de Garden City, popular por combatividad, causa de su actual hospitalización: había perdido
la batalla contra un bóxer, con heridas que requerían puntos y antibióticos. Dado de alta por el
doctor Dale, Pete se instaló en el asiento delantero del coche de su dueño y no dejó de
ronronear en todo el camino hasta llegar a Holcomb.
El destino del detective era aquel día River Valley, pero antes quiso tomar algo caliente,
un café, y paró en el Café Hartman.
-¡Hola, mozo!, ¿qué puedo servirle? -dijo la señora Hartman.
-Un café solo.
Le sirvió una taza, y le preguntó:
-¿Me equivoco? ¿O ha perdido usted mucho peso?
-Algo.
La verdad era que en las últimas tres semanas, Dewey había perdido diez kilos. Parecía
como si un amigo entrado en carnes le hubiese prestado la ropa. La cara, que no solía
traicionar su profesión, ahora la traicionaba menos que nunca: diríase la de un asceta absorto
en profundas meditaciones espirituales.
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