A SANGRE FRIA | Page 139

corpulento. Más fuerte. No que fuera una especie de muchachito flaco. Tenía veintiocho años pero parecía un crío. Hambriento, se le veían los huesos. Llevaba camisa azul, pantalones caqui, zapatos negros y calcetines blancos. Le di la mano; la suya estaba más seca que la mía. Limpio, educado, voz agradable, buena dicción, un tipo de buen aspecto con una sonrisa de esas que desarman... y al principio, sonreía bastante. Le dije: "Soy Harold Nye, señor Hickock, y este otro caballero es el señor Roy Church. Somos agentes especiales del Departamento de Investigación de Kansas y hemos venido a tratar de la violación de palabra que ha cometido. Por supuesto no tiene obligación de contestar a nuestras preguntas, y todo cuanto diga aquí puede ser empleado en contra suya. Puede nombrar un abogado en cualquier momento. No usamos la fuerza ni le haremos ninguna promesa." Estaba más fresco que una rosa. -Conozco la fórmula -dijo Dick-. Me han interrogado otras veces. -Así, señor Hickock... -Dick. -Dick, queremos hablarte de tus actividades desde que te concedieron la libertad bajo palabra. Por lo que sabemos, has repartido cheques sin fondos, en la zona de Kansas City, por lo menos dos veces. -Aja. Coloqué bastantes. -¿Podrías hacernos una lista? El preso, evidentemente orgulloso de su único auténtico don natural, una memoria increíble, recitó los nombres y direcciones de veinte establecimientos de Kansas City, tiendas, cafés y garajes, recordando con precisión la «compra» hecha y el importe del cheque que había pasado. -Dick, siento curiosidad. ¿Por qué toda esa gente aceptó tus cheques? Me gustaría mucho saber el secreto. -El secreto es éste: la gente es idiota. Roy Church dijo: -¡Tienes gracia, Dick! Pero olvidemos un momento esos cheques. A pesar de que parecía tener la garganta forrada de cerda y que sus manos eran tan duras como para pegar puñetazos a una pared de piedra (su número preferido, en realidad), la gente solía confundir a Church con un bondadoso hombrecillo, una especie de tiíto calvo, de mejillas rosadas. -Dick -dijo-, ¿y si hablaras un poco de tus antecedentes familiares? El preso se puso a recordar. Cuando tenía nueve o diez años, su padre cayó enfermo. Eran fiebres cuniculares y la enfermedad duró muchos meses durante los cuales la familia había dependido de la ayuda de la Iglesia y la caridad de los vecinos, «si no, hubiésemos muerto de hambre». Aparte de este episodio, su infancia había sido normal. -Nunca tuvimos mucho dinero pero tampoco nunca estuvimos sin nada -dijo Hickock-. Siempre había ropa limpia y algo con que llenar el estómago. Mi padre era muy severo. No estaba contento más que cuando me veía haciendo algo. Pero nos llevábamos bien y jamás tuvimos un altercado. Mis padres tampoco discutían. No recuerdo una sola pelea. Ella es estupenda, mi madre. Papá es también un buen tipo. Debo decir que hicieron por mí cuanto pudieron. ¿Los estudios? Bueno, pues estaba convencido de que hubiera sido mejor el promedio si no hubiera «malgastado» tanto tiempo con los deportes. 139