corpulento. Más fuerte. No que fuera una especie de muchachito flaco. Tenía veintiocho años
pero parecía un crío. Hambriento, se le veían los huesos. Llevaba camisa azul, pantalones
caqui, zapatos negros y calcetines blancos. Le di la mano; la suya estaba más seca que la mía.
Limpio, educado, voz agradable, buena dicción, un tipo de buen aspecto con una sonrisa de
esas que desarman... y al principio, sonreía bastante. Le dije: "Soy Harold Nye, señor
Hickock, y este otro caballero es el señor Roy Church. Somos agentes especiales del
Departamento de Investigación de Kansas y hemos venido a tratar de la violación de palabra
que ha cometido. Por supuesto no tiene obligación de contestar a nuestras preguntas, y todo
cuanto diga aquí puede ser empleado en contra suya. Puede nombrar un abogado en cualquier
momento. No usamos la fuerza ni le haremos ninguna promesa." Estaba más fresco que una
rosa.
-Conozco la fórmula -dijo Dick-. Me han interrogado otras veces.
-Así, señor Hickock...
-Dick.
-Dick, queremos hablarte de tus actividades desde que te concedieron la libertad bajo
palabra. Por lo que sabemos, has repartido cheques sin fondos, en la zona de Kansas City, por
lo menos dos veces.
-Aja. Coloqué bastantes.
-¿Podrías hacernos una lista?
El preso, evidentemente orgulloso de su único auténtico don natural, una memoria
increíble, recitó los nombres y direcciones de veinte establecimientos de Kansas City, tiendas,
cafés y garajes, recordando con precisión la «compra» hecha y el importe del cheque que
había pasado.
-Dick, siento curiosidad. ¿Por qué toda esa gente aceptó tus cheques? Me gustaría
mucho saber el secreto.
-El secreto es éste: la gente es idiota.
Roy Church dijo:
-¡Tienes gracia, Dick! Pero olvidemos un momento esos cheques.
A pesar de que parecía tener la garganta forrada de cerda y que sus manos eran tan
duras como para pegar puñetazos a una pared de piedra (su número preferido, en realidad), la
gente solía confundir a Church con un bondadoso hombrecillo, una especie de tiíto calvo, de
mejillas rosadas.
-Dick -dijo-, ¿y si hablaras un poco de tus antecedentes familiares?
El preso se puso a recordar. Cuando tenía nueve o diez años, su padre cayó enfermo.
Eran fiebres cuniculares y la enfermedad duró muchos meses durante los cuales la familia
había dependido de la ayuda de la Iglesia y la caridad de los vecinos, «si no, hubiésemos
muerto de hambre». Aparte de este episodio, su infancia había sido normal.
-Nunca tuvimos mucho dinero pero tampoco nunca estuvimos sin nada -dijo Hickock-.
Siempre había ropa limpia y algo con que llenar el estómago. Mi padre era muy severo. No
estaba contento más que cuando me veía haciendo algo. Pero nos llevábamos bien y jamás
tuvimos un altercado. Mis padres tampoco discutían. No recuerdo una sola pelea. Ella es
estupenda, mi madre. Papá es también un buen tipo. Debo decir que hicieron por mí cuanto
pudieron.
¿Los estudios? Bueno, pues estaba convencido de que hubiera sido mejor el promedio si
no hubiera «malgastado» tanto tiempo con los deportes.
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