prácticamente el recuento de votos y estaba claro como el agua que él había ganado, empezó a
decir, era como para matarlo, a decir y repetir: "Bueno, no lo sabremos hasta el final."
»Le dije entonces: "Por favor, Alvin, no empieces. Claro que fueron ellos." "¿Qué
pruebas tienes? -me preguntó-. ¿Cómo podemos probar siquiera que pusieron los pies en la
casa de los Clutter?" Pero a mí me parecía que precisamente eso le podía probar: había
huellas. ¿No eran las marcas de las suelas lo único que los animales aquellos habían dejado?
Alvin contestó: "Sí, y serían definitivas... con tal que todavía lleven las mismas botas. Las
marcas de las huellas solas, no valen un céntimo." Yo le contesté: "Muy bien, cariño. Anda,
tómate el café, te ayudaré a hacer la maleta." A veces no se puede discutir con Alvin. Del
modo que hablaba, casi me convenció de que Hickock y Smith eran inocentes y que si no lo
eran, no confesarían jamás y si no confesaban, nunca podrían ser condenados... porque las
pruebas eran demasiado vagas. Pero lo que más le preocupaba era... que el asunto se les fuera
de las manos, que los dos hombres se enterasen de cómo estaban las cosas antes de que el
KBI pudiera interrogarles. Por ahora creían que los habían cogido por violación de palabra.
Por pasar cheques falsos. Y a Alvin le parecía muy importante que siguieran creyéndolo.
Decía: "El nombre de Clutter tiene que ser un martillazo, un golpe que no sepan de dónde les
ha caído."
»Paul... lo había mandado por unos calcetines de Alvin. Cuando los trajo, se quedó
contemplando cómo hacía la maleta. Preguntó dónde iba Alvin. Alvin lo alzó en brazos,
diciéndole: "¿Eres capaz de guardar un secreto, Paul?" No hacía falta que lo preguntara, pues
los dos niños saben que no deben hablar del trabajo de su padre, de los comentarios que
pueden oír en casa. Así que le dijo: "Pauly, ¿recuerdas esos hombres que estamos buscando?
Bueno, los hemos encontrado y papá se va ahora por ellos, para traerlos aquí a Garden City."
Pero Paul le suplicó: "Por favor, papá, no los traigas. Que no vengan por aquí." Estaba
aterrado, como era lógico en un niño de nueve años. Alvin lo besó diciendo: "No te
preocupes, Pauly, no dejaremos que hagan daño a nadie. No volverán a hacer daño a nadie
nunca más."
A las cinco de aquella tarde, unos veinte minutos después de que el Chevrolet robado
saliera del desierto de Nevada para entrar en Las Vegas, la larga marcha tocó a su fin. Pero no
antes de que Perry se presentara en la oficina de correos de Las Vegas a reclamar un paquete
enviado a su nombre. Era la enorme caja de cartón que se había enviado él mismo desde
México, asegurándola en cien dólares, suma que superaba absurdamente el valor de su
contenido: caquis, tejanos, camisas usadas, ropa interior y dos pares de botas con reborde de
acero. Afuera, Dick, que aguardaba a que Perry saliera, estaba de excelente humor; había
tomado una decisión que, ciertamente, iba a poner fin a sus actuales dificultades financieras,
colocándolo en una nueva senda, ante un arco iris distinto. La decisión consistía en hacerse
pasar por un oficial de las fuerzas aéreas. Era un proyecto que le fascinaba desde hacía tiempo
y Las Vegas era el lugar ideal para ponerlo en práctica. Había elegido ya el nombre y grado
del oficial, el primero tomado de un antiguo conocido suyo: el alcaide de la Penitenciaria del
Estado de Kansas Tracy Hand. Dick quería, vistiendo el cuidado uniforme del capitán Tracy
Hand, «dar una batida a la Strip», o sea a la calle de los casinos de Las Vegas abiertos toda la
noche. Los grandes, los pequeños, el Sands, el Stardust. Pensaba recorrerlos todos,
distribuyendo en su ruta «un puñado de confetti». Firmando cheques falsos sin parar pensaba
hacerse con tres o quizás cuatro mil dólares en veinticuatro horas. Eso era la mitad del plan.
La otra mitad era: «Adiós, Perry.» Dick estaba hasta la coronilla de él: de su armónica, de sus
males y dolencias, de sus supersticiones, de sus ojos lacrimosos y femeninos, de su voz
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