descubrir, entre las piedras del borde de la carretera, las basuras cubiertas de hierba y el brillo
pardusco de botellas de cerveza inaprovechables, las manchas esmeralda de las que habían
contenido 7-Up y Canada Dry. Muy pronto, Perry desarrolló un don natural para descubrir
botellas. En un principio se limitaba a indicar al chaval dónde veía alguna. Le parecía poco
digno precipitarse a cogerlas él mismo. Era todo «muy tonto», «cosa de críos». Pero el juego
hizo nacer en él poco a poco la excitación de la caza del tesoro y acabó por sucumbir y
participar en la diversión, en el fervor de aquella búsqueda de botellas con reembolso. Hasta
Dick participó, pero Dick lo hacía muy en serio. Por muy raro que pareciera, aquél era un
sistema para hacer dinero, o por lo menos para reunir unos cuántos dólares. Sabe Dios que
buena falta les hacían a él y a Perry: sus fondos reunidos no llegaban a cinco dólares.
Ahora los tres, Dick, el chico y Perry, salían a empellones del coche sin vergüenza y
competían amistosamente. Una vez Dick descubrió un escondrijo de botellas de vino y
whisky y sufrió la desilusión de saber que no valían.
-No pagan las botellas de vino y licor vacías -le informó el chico-. Hay muchas de
cerveza que tampoco valen. Yo no doy un paso por ellas. Me quedo con lo seguro: Dr.
Pepper, Pepsi, Coca-Cola, White Rock, Nehi.
Dick le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Bill -contestó el chico.
-Pues contigo se hace uno una cultura, Bill.
Cayó la noche y ello obligó a los cazadores a abandonar la partida; eso y la falta de
espacio, pues el coche ya llevaba cuantas botellas podía contener. El portaequipajes estaba
repleto, el asiento de atrás parecía un reluciente montón de basuras. Inadvertido, ignorado
hasta por su nieto, el anciano enfermo quedaba oculto por la carga oscilante, de peligroso
tintineo.
Dick dijo:
-Estaría bueno que chocáramos.
Un puñado de carteles luminosos era el reclamo del New Motel; resultó ser, a medida
que los viajeros se acercaron a él, un impresionante complejo consistente en varios
bungalows, garaje, restaurante y bar. Asumiendo el mando, el chico dijo:
-Pare aquí. Quizá podamos hacer negocio. Pero déjenme hablar a mí. Estoy
acostumbrado. A veces, intentan timarte.
Perry no podía imaginar que existiera nadie «lo suficientemente listo como para timar a
aquel chaval», dijo más tarde hablando de él.
-No le daba ningún apuro meterse allá dentro con todas aquellas botellas. Yo no hubiera
podido nunca, por la vergüenza. Pero la gente del motel lo trató estupendamente, sólo que
rieron. Resultó que las botellas valían doce dólares sesenta.
El chico dividió el dinero equitativamente, quedándose con la mitad y dando la otra a
sus socios y dijo:
-¿Sabéis qué? Nos vamos a zampar, el viejo y yo, algo que valga la pena, ¿es que no
tenéis hambre?
Como siempre, Dick tenía. Y después de tanta actividad, hasta Perry estaba famélico. Y
como contaría más tarde:
-Acarreamos al viejo hasta el restaurante y lo apuntalamos en una mesa. Seguía
teniendo el mismo aspecto de muerto. Y no dijo palabra. Pero había que verle atracándose. El
chico pidió tortitas que dijo era lo que más le gustaba a Johnny. Puedo jurar que se comió por
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