frotando las manos del viejo como para calentarlas-. ¿Me oyes, Johnny? Vamos en un
Chevrolet modelo 56 calentito y estupendo.
El viejo tosió, movió ligeramente la cabeza, abrió y cerró los ojos y volvió a toser.
Dick dijo:
-¡Eh, oye! ¿Qué le pasa?
-Es el cambio -dijo el chaval-. Y tanto andar. Venimos andando desde antes de Navidad.
Me parece que hemos recorrido casi todo Texas.
Con la máxima naturalidad y sin dejar de masajear las manos del viejo, el chico les
contó que antes de empezar aquel viaje, él, su abuelo y una tía vivían solos en una granja,
cerca de Shreveport, Louisiana. Hacía poco, la tía había muerto.
-Hace un año que no está bien y la tía lo tenía que hacer todo. Sin más ayuda que la mía.
Estábamos cortando leña. Cortando un tocón. A la mitad, la tía va y me dice que no podía
más. ¿Has visto alguna vez a un caballo que se echa al suelo y no se levanta más? Yo sí. Eso
hizo mi tía. Unos días antes de la Navidad, el hombre que le había alquilado la granja al viejo
nos echó a la calle.
-Por eso decidimos venir a Texas. Buscando a la señora Jackson. Yo no la conozco pero
es la hermana de sangre del abuelo. Y alguien tiene que cargar con nosotros. Por lo menos
con él. No puede seguir mucho más. Esta noche la hemos pasado bajo la lluvia.
El coche se detuvo. Perry le preguntó a Dick por qué había parado.
-Ese hombre está muy enfermo -dijo Dick.
-¿Y bueno? ¿Qué quieres hacer? ¿Echarlo?
-Piensa con la cabeza. Aunque sea una vez.
-Eres un podrido de mierda.
-Imagínate que se muere.
-No se morirá -intervino el chico-. Si hemos llegado hasta aquí, aguantará.
Dick insistió:
-¿Y si se muere? Piensa en lo que puede ocurrir. Las preguntas.
-Francamente, me importa un comino. ¿Quieres dejarlos en la carretera?
Perry miró al viejo enfermo, aún soñoliento, aturdido, sordo y miró al chico que le
devolvió la mirada tranquilo, sin suplicar, sin «pedir nada» y Perry se acordó de sí mismo,
cuando tenía esa edad, de sus vagabundeos con un viejo.
-Adelante. Échalos. Pero yo me bajo también.
-Muy bien, muy bien. Pero, recuerda, será culpa tuya.
Dick puso el coche en marcha. De pronto, cuando el coche empezaba a andar, el chico
gritó:
-¡Pare!
Saltó del coche, corrió por el arcén de la carretera, se detuvo, se agachó, recogió una,
dos, tres, cuatro botellas vacías de Coca-Cola, volvió corriendo y saltó dentro del coche, feliz
y sonriente:
-Se hace un montón de dinero con las botellas -le dijo a Dick-. Oiga, si pudiera conducir
así, despacio, le garantizo que nos sacaríamos unos buenos cuartos. De eso venimos comiendo
el abuelo y yo. De los cuartos de los cascos.
A Dick le pareció divertido y además le interesó: cuando el chaval le volvió a decir que
parase, obedeció en seguida. Le hacía parar con tanta frecuencia, que les llevó una hora
recorrer ocho kilómetros pero valió la pena. El chaval era un «genio como Dios es Dios», para
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