distrito, doctor Fenton, al gerente del Warren, a Tom Maham, a Harrison Smith, que se había
presentado el año anterior a las elecciones para procurador del distrito y había sido derrotado
por Duane West, y también a Herbert W. Clutter, propietario de la finca River Valley y
alumno de la clase dominical de Dewey. ¡Un momento! ¿Pero Herb Clutter no estaba muerto?
Pero ¿no había Dewey asistido a su funeral? Sin embargo, allí estaba, sentado a la mesa
redonda en un rincón del Trail Room, con aquellos ojos pardos suyos llenos de vida, su
mandíbula cuadrada y su saludable aspecto de siempre, en nada alterado por la muerte. Pero
Herb no estaba solo. Con él compartían la mesa dos jovenzuelos y Dewey, al reconocerlos,
dio un codazo al agente Duntz:
-¡Mira!
-¿Dónde?
-En aquel rincón.
-¡Que me aspen!
¡Hickock y Smith! Pero el reconocimiento, el encontronazo de las miradas fue mutuo.
Los jovenzuelos olieron el peligro. Con los pies por delante se lanzaron contra el escaparate
de cristal del Trail Room, y a través de él, con Duntz y Dewey brincando detrás, se lanzaron a
toda velocidad a lo largo de la calle Mayor, pasando por delante de la Joyería Palmer, de la
Droguería Morris, del Café Garden. Luego dieron la vuelta a la esquina precipitándose hacia
la estación y dedicándose a un frenético juego de escondite, entrando y saliendo por entre un
bosque de torres de grano blancas. Dewey sacó la pistola y Duntz le imitó, pero cuando
apuntaban, intervino lo sobrenatural. Brusca, misteriosa, incomprensiblemente (¡era como un
sueño!) todos nadaban: perseguidos y perseguidores daban brazadas allí en la espantosa
extensión de agua que la Cámara de Comercio de Garden City proclama como «La mayor
piscina gratuita del mundo». Mientras los detectives avanzaban hacia su presa, una vez más
(¿cómo pudo suceder?, ¿podría estar soñando?), la escena se desvaneció y reapareció en otro
paisaje: aquella isla gris verdosa de tumbas y árboles y senderos de flores, oasis tranquilo,
frondoso, lleno de murmullos, que se extiende como fresca nube sombreando los luminosos
trigales, al norte de la ciudad. Pero ahora Duntz había desaparecido y Dewey estaba solo con
los hombres perseguidos. A pesar de que no podía verlos, tenía la certeza de que se escondían
entre los muertos, allí, acurrucados tras una lápida, quizá tras la lápida de su propio padre:
«Alvin Adams Dew