A SANGRE FRIA | Page 127

-Soy yo. -Hable, Kansas City. Al aparato. -¿Al? Aquí hermano Nye. -Dime, hermano. -Prepárate a oír una noticia bomba. -Preparado. -Nuestros amigos están aquí. Aquí mismo, en Kansas City. -¿Cómo lo sabes? -No es que guarden el secreto, precisamente. Hickock anda firmando cheques de una punta a otra de la ciudad. Con su propio nombre. -Con su nombre. Eso quiere decir que no piensa quedarse mucho tiempo... o bien que se siente tan seguro como si nada. ¿Y Smith está con él todavía? -Oh, sí, van juntos. Pero tienen otro coche. Un Chevy de mil novecientos cincuenta y seis, negro y blanco de dos puertas. -¿Matrícula de Kansas? -Matrícula de Kansas. Y oye bien. Al, ¡hemos tenido suerte! Compraron un aparato de televisión, ¿sabes?, y Hickock le pagó al dependiente con un cheque. Pero cuando se marchaban, el dependiente tuvo el buen sentido de tomar el número de la matrícula. Lo anotó detrás del cheque. Matrícula de Johnson County 16212. -¿Comprobada la matrícula? -¿Adivina qué? -Es un coche robado. -Eso desde luego. Pero la matrícula ha sido sustituida. Nuestro amigos la tomaron de un De Soto hecho trizas en un garaje de Kansas City. -¿Sabes cuándo? -Ayer por la mañana. El jefe (Logan Sanford) envió una alerta con el número de la matrícula y una descripción del coche. -¿Y qué hay de la casa de Hickock? Si están todavía en la zona, seguro que tarde o temprano se llegarán por allí. -No te preocupes, Al. La tenemos vigilada. Oye Al... -Dime. -Ese es el regalo de Navidad que quiero. Sólo ése. Liquidar este caso y dormir de un tirón hasta Año Nuevo. ¿No te parece que sería un regalo de maravilla? -Bueno, pues te deseo que lo tengas. -Deseo que lo tengamos los dos. Luego, mientras atravesaba la oscurecida plaza del Palacio de Justicia, pensativo, arrastrando los pies por entre montones de hojas secas, Dewey se admiraba ante su propia falta de entusiasmo. ¿Por qué cuando ahora sabía que los sospechosos no estaban ni para siempre perdidos en Alaska, ni en México, ni en Tombuctú, cuando de un momento a otro podían arrestarlos no experimentaba ninguna excitación, ni el contento que era de suponer? La culpa la tenía el sueño, aquella atmósfera lúgubre que lo había dominado todo hacía que cuestionara las afirmaciones de Nye... en cierto sentido, que se negara a creerlas. No creía que a Hickock y a Smith pudieran atraparles en Kansas City. Hickock y Smith eran invulnerables. 127